Hace unos días alguien me preguntó, muy serio: —Oiga señora… ¿usted está divorciada?
Y yo le contesté un sí… pero no de esos tímidos ni apenados. No. Un sí de los que salen del pecho, de esos que hasta te enderezan la espalda.
Porque una cosa es decir “sí” en el Registro Civil… y otra muy distinta es decir sí, estoy divorciada con esa sensación de libertad que se siente cuando por fin te quitas algo que ya te pesaba demasiado.
Luego vino la otra pregunta inevitable: —¿Y qué se siente?
Y le dije, así, sin rodeos:
Se siente de poca madre.
Porque descubres algo muy simple pero muy poderoso: que puedes irte a donde quieras, hacer lo que quieras, decidir lo que quieras… y la única que te pone límites es tu cartera. Y esa sí que no perdona.
Pero fuera de eso, nadie más.
Ya no tienes que andar midiendo palabras para ver si el señor amaneció de buenas o si trae el genio atravesado. Ya no tienes que caminar por la casa con cuidado, como si cada pregunta fuera a detonar una tormenta.
Porque díganme si no… había días en que amanecían de buen humor y uno hasta respiraba tranquila pensando: hoy va a ser un buen día. Pero bastaban un par de horas para que algo cambiara, quién sabe qué, y otra vez el mal genio, la cara larga, el silencio incómodo.
Y uno ahí, con el café en la mano, preguntándose si preguntar algo era buena idea… o mejor quedarse callada.
Luego vienen esas frases famosas que todo el mundo repite: “Es que el matrimonio es en las buenas y en las malas.”
Sí, claro… pero lo que casi nadie dice es a quién le tocaron más las malas.
Porque sí, hay excepciones, claro que las hay. Pero esas son como encontrar una aguja en un pajar.
La mayoría llegamos al matrimonio con ilusión, con ganas, con esperanza… y con los años terminamos con un doctorado en paciencia, en aguante y en aprender a respirar profundo antes de contestar algo que podría terminar en discusión.
Y luego los escuchas decir muy orgullosos: —Aquí seguimos juntos después de tantos años.
Pues sí… después de tantos años de aguantar de todo, cómo no.
Pero como dice una amiga mía, muy sabia ella: cada quien cuenta cómo le fue en la feria.
Y siendo honestas… a muchas no nos fue precisamente bien en esa feria.
Pero ¿saben qué?
Aquí seguimos. Un poco más curtidas, un poco más sabias, y con algo que antes no teníamos:
la tranquilidad de tomar nuestro café en paz, sin malos genios alrededor.
MilkaMagTorre
Hace unos días alguien me preguntó, muy serio:
—Oiga señora… ¿usted está divorciada?
Y yo le contesté un sí… pero no de esos tímidos ni apenados. No.
Un sí de los que salen del pecho, de esos que hasta te enderezan la espalda.
Porque una cosa es decir “sí” en el Registro Civil…
y otra muy distinta es decir sí, estoy divorciada con esa sensación de libertad que se siente cuando por fin te quitas algo que ya te pesaba demasiado.
Luego vino la otra pregunta inevitable:
—¿Y qué se siente?
Y le dije, así, sin rodeos:
Se siente de poca madre.
Porque descubres algo muy simple pero muy poderoso:
que puedes irte a donde quieras, hacer lo que quieras, decidir lo que quieras… y la única que te pone límites es tu cartera. Y esa sí que no perdona.
Pero fuera de eso, nadie más.
Ya no tienes que andar midiendo palabras para ver si el señor amaneció de buenas o si trae el genio atravesado.
Ya no tienes que caminar por la casa con cuidado, como si cada pregunta fuera a detonar una tormenta.
Porque díganme si no…
había días en que amanecían de buen humor y uno hasta respiraba tranquila pensando: hoy va a ser un buen día.
Pero bastaban un par de horas para que algo cambiara, quién sabe qué, y otra vez el mal genio, la cara larga, el silencio incómodo.
Y uno ahí, con el café en la mano, preguntándose si preguntar algo era buena idea… o mejor quedarse callada.
Luego vienen esas frases famosas que todo el mundo repite:
“Es que el matrimonio es en las buenas y en las malas.”
Sí, claro…
pero lo que casi nadie dice es a quién le tocaron más las malas.
Porque sí, hay excepciones, claro que las hay.
Pero esas son como encontrar una aguja en un pajar.
La mayoría llegamos al matrimonio con ilusión, con ganas, con esperanza…
y con los años terminamos con un doctorado en paciencia, en aguante y en aprender a respirar profundo antes de contestar algo que podría terminar en discusión.
Y luego los escuchas decir muy orgullosos:
—Aquí seguimos juntos después de tantos años.
Pues sí…
después de tantos años de aguantar de todo, cómo no.
Pero como dice una amiga mía, muy sabia ella:
cada quien cuenta cómo le fue en la feria.
Y siendo honestas…
a muchas no nos fue precisamente bien en esa feria.
Pero ¿saben qué?
Aquí seguimos.
Un poco más curtidas, un poco más sabias, y con algo que antes no teníamos:
la tranquilidad de tomar nuestro café en paz, sin malos genios alrededor.
Y créanme…
cuando uno llega a cierta edad…
esa paz vale más que cualquier promesa de “para siempre”.
☕️🍂🪻©️Milka magtorre
2 months ago | [YT] | 0
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MilkaMagTorre
8 months ago | [YT] | 1
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MilkaMagTorre
1 year ago | [YT] | 0
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