El populismo es ese viejo truco político que promete salvar “al pueblo” de las élites corruptas... mientras construye una nueva élite, igual de corrupta pero con mejores consignas. Aparece siempre después de una crisis: la gente está harta, los políticos tradicionales huelen a moho y alguien llega gritando “¡Yo los representaré!”.
El resultado suena épico, pero suele acabar en desastre económico. Los populistas aman gastar dinero que no existe, imprimir billetes como si fueran volantes y culpar a un enemigo invisible cuando la inflación explota. Argentina lleva décadas repitiendo ese libreto. Venezuela lo llevó al extremo: petróleo, subsidios y control total del mercado hasta que el país colapsó y su moneda perdió el sentido.
En Europa, Viktor Orbán convirtió a Hungría en su feudo personal, mientras Recep Tayyip Erdoğan destruyó la lira turca al decidir que la economía debía obedecerle a él, no a las matemáticas.
Pero no todos se estrellan igual. Trump, en EE. UU., impulsó la economía con recortes de impuestos, aunque dejó un déficit digno de pesadilla. AMLO en México mantiene estabilidad con austeridad, pero la inversión se fue de vacaciones. Polonia crece gracias a los fondos europeos, que tarde o temprano dejarán de fluir.
El patrón es universal: primero prometen justicia social, luego centralizan el poder, y al final culpan a “los enemigos del pueblo” por los daños que ellos mismos causan.
El populismo es adictivo porque ofrece esperanza rápida, pero cobra intereses lentos y crueles. Y lo más irónico: siempre regresa. Porque mientras haya frustración, habrá alguien dispuesto a vender soluciones mágicas envueltas en banderas.
Llevo demasiado tiempo en esta guerra. He visto de todo: ciudades arrasadas, colegas que caían a mi lado y chavales que no deberían estar aquí ni de coña. Porque lo que más me jode no son las balas ni los drones, sino ver a críos de quince, dieciséis años metidos en esta mierda. Les prometen cuatro duros por Telegram, les venden que es como un juego… y acaban en una celda, o peor, en una bolsa negra.
A mí me da igual lo que digan los políticos desde sus despachos. Ellos hablan de estrategias, de victorias que nunca llegan, y nosotros aquí tragando barro. Pero cuando miro a esos chavales esposados, con los ojos perdidos, pienso: “a éstos les han robado la vida antes de empezar”.
Yo sigo tirando porque no sé hacer otra cosa. Ya no lucho por discursos ni banderas. Lucho por mis compañeros y porque alguien tiene que contar lo que está pasando. Pero cada día me pregunto cuánto más vamos a destrozar a nuestra propia gente antes de que alguien diga basta.
Stalin M Falcon
POPULISMO: LA ILUSIÓN QUE SIEMPRE REGRESA.
El populismo es ese viejo truco político que promete salvar “al pueblo” de las élites corruptas... mientras construye una nueva élite, igual de corrupta pero con mejores consignas. Aparece siempre después de una crisis: la gente está harta, los políticos tradicionales huelen a moho y alguien llega gritando “¡Yo los representaré!”.
El resultado suena épico, pero suele acabar en desastre económico. Los populistas aman gastar dinero que no existe, imprimir billetes como si fueran volantes y culpar a un enemigo invisible cuando la inflación explota. Argentina lleva décadas repitiendo ese libreto. Venezuela lo llevó al extremo: petróleo, subsidios y control total del mercado hasta que el país colapsó y su moneda perdió el sentido.
En Europa, Viktor Orbán convirtió a Hungría en su feudo personal, mientras Recep Tayyip Erdoğan destruyó la lira turca al decidir que la economía debía obedecerle a él, no a las matemáticas.
Pero no todos se estrellan igual. Trump, en EE. UU., impulsó la economía con recortes de impuestos, aunque dejó un déficit digno de pesadilla. AMLO en México mantiene estabilidad con austeridad, pero la inversión se fue de vacaciones. Polonia crece gracias a los fondos europeos, que tarde o temprano dejarán de fluir.
El patrón es universal: primero prometen justicia social, luego centralizan el poder, y al final culpan a “los enemigos del pueblo” por los daños que ellos mismos causan.
El populismo es adictivo porque ofrece esperanza rápida, pero cobra intereses lentos y crueles. Y lo más irónico: siempre regresa. Porque mientras haya frustración, habrá alguien dispuesto a vender soluciones mágicas envueltas en banderas.
2 months ago | [YT] | 0
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Stalin M Falcon
Llevo demasiado tiempo en esta guerra. He visto de todo: ciudades arrasadas, colegas que caían a mi lado y chavales que no deberían estar aquí ni de coña. Porque lo que más me jode no son las balas ni los drones, sino ver a críos de quince, dieciséis años metidos en esta mierda. Les prometen cuatro duros por Telegram, les venden que es como un juego… y acaban en una celda, o peor, en una bolsa negra.
A mí me da igual lo que digan los políticos desde sus despachos. Ellos hablan de estrategias, de victorias que nunca llegan, y nosotros aquí tragando barro. Pero cuando miro a esos chavales esposados, con los ojos perdidos, pienso: “a éstos les han robado la vida antes de empezar”.
Yo sigo tirando porque no sé hacer otra cosa. Ya no lucho por discursos ni banderas. Lucho por mis compañeros y porque alguien tiene que contar lo que está pasando. Pero cada día me pregunto cuánto más vamos a destrozar a nuestra propia gente antes de que alguien diga basta.
#Ukraine
#LaGuerraDeLosDrones
3 months ago | [YT] | 1
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