Todas las mañanas cogía el metro para ir a trabajar.
Por aquel entonces todavía llevaba poco tiempo en Londres. Ya empezaba a conocer la ciudad, pero conocer una ciudad y sentir que perteneces a ella son cosas distintas.
Y a las seis de la mañana Londres parecía todavía más grande.
A esa hora había poca gente en el andén. Algún trabajador con un café, alguien medio dormido mirando el móvil y él.
Al principio no sabía que se llamaba Mathew.
Era un señor de unos setenta años, siempre con abrigo oscuro, zapatos impecables y un periódico doblado bajo el brazo.
Nunca le vi un teléfono.
No sé por qué empecé a colocarme cerca de él.
Bueno, sí lo sé.
Me daba seguridad.
Cuando llegas sola a una ciudad nueva desarrollas ciertas costumbres sin darte cuenta. Esperas cerca de alguien que, por alguna razón, te hace sentir que ahí no puede ocurrirte nada.
Mathew era eso para mí.
Durante las primeras semanas apenas intercambiamos una inclinación de cabeza.
—Morning.
—Morning.
Después empezamos a hablar.
Conversaciones de tres o cuatro minutos mientras llegaba mi tren.
Del tiempo. De Londres. De alguna noticia deportiva, él solo asentia con la cabeza.
Me contó brevemente que había vivido en España, que le encantaba Granada y que conocía las Islas Canarias. Su mujer aparecía constantemente en aquellas historias.
—Mi mujer siempre dice...
—Cuando estuvimos...
—A mi mujer le encantaba...
Poco a poco empecé a buscarlo cada mañana al bajar al andén.
Y casi siempre estaba allí.
Lo extraño era que nunca cogía ningún tren.
Yo subía.
Mathew se quedaba.
Hasta que un día le pregunté:
—¿Está esperando a alguien?
—Sí.
Semanas después volví a preguntárselo.
—¿Sigue esperando a esa persona?
Sonrió.
—A un trabajador del metro.
—Pues lleva usted bastante tiempo esperando.
Se rio.
No fue hasta mucho después cuando me explicó por qué.
Había perdido algo.
—¿Qué?
Miró hacia las vías.
—Un anillo.
—¿Su alianza?
Asintió.
—¿Y lleva todo este tiempo esperando a que alguien la encuentre?
—Algún día lo harán.
—Yo después de tanto tiempo compraría otra.
Negó con la cabeza.
—No sería la misma.
Poco después comenzaron unas obras en la estación.
Levantaron parte del andén, trabajaron en las vías y durante varias semanas cambiaron los accesos.
Cuando todo volvió a la normalidad, Mathew había desaparecido.
Al principio pensé que habría cambiado de estación.
Pero pasaron los días.
Después semanas.
Hasta que una mañana pregunté a uno de los trabajadores.
—¿No ha visto al señor mayor que se ponía siempre ahí?
Lo describí.
Abrigo oscuro. Canoso. Un periódico siempre bajo el brazo.
—No me suena.
—Venía todos los días. Se llamaba Mathew. Estaba esperando a un operario porque había perdido una alianza en las vías.
El hombre dejó de limpiar.
—¿Una alianza?
—Sí.
—Dirijase a objetos perdidos.
Aquella misma tarde fui a objetos perdidos.
La alianza estaba allí.
Tenía una inscripción en el interior, pero naturalmente no quisieron darme información sobre la persona a la que podía pertenecer. Yo no era familiar. Ni siquiera podía demostrar que conocía a Mathew.
Salí de allí sin saber qué hacer.
Y entonces recordé el periódico.
Una mañana, meses atrás, le había dicho:
—Ya casi no se ve a nadie leyendo periódicos de papel.
Mathew había sonreído.
—Soy un clásico.
Por alguna razón recordaba perfectamente la portada que llevaba aquel día.
Y también la fecha.
27 de octubre de 1999.
Empecé por ahí.
Busqué noticias de aquel día. Después el nombre Mathew. Revisé cuanto pude encontrar relacionado con la estación.
Nada.
Había demasiados Mathew.
Estuve a punto de dejarlo varias veces.
Hasta que encontré una esquela.
No tenía fotografía.
Solo un nombre, una edad y la fecha de la muerte:
27 de octubre de 1999.
Y el nombre de la funeraria que se había encargado del servicio.
Le di vueltas durante días.
¿Qué iba a decirles?
Buenos días. Creo que llevo meses hablando en el metro con un hombre al que ustedes enterraron hace más de veinte años.
Finalmente fui.
Les conté todo.
El andén.
Las conversaciones.
El periódico.
La alianza.
Mientras hablaba era consciente de lo absurdo que sonaba.
Cuando terminé hubo un silencio bastante largo.
Pensé que me invitarían amablemente a marcharme.
No lo hicieron.
Una de las personas que trabajaba allí encontró el antiguo registro.
Mathew había muerto un par de dias antes.
Un infarto.
En la estación.
Me enseñaron una fotografía que conservaban asociada al servicio.
Era él.
El hombre con el que había hablado todas aquellas mañanas.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Les expliqué que durante las obras habían encontrado una alianza y que probablemente seguía en objetos perdidos.
No podían facilitarme los datos de la familia.
Pero prometieron intentar contactar con ellos, siempre que después de tantos años la información que conservaban siguiera siendo válida.
Me fui.
Pasaron varias semanas.
No recibí ninguna llamada.
Y poco a poco empecé a convencerme de que aquello había terminado.
Hasta que una tarde encontré un sobre en el buzón.
Dentro había una invitación de boda.
No conocía ninguno de los dos nombres.
Junto a ella había una carta escrita a mano.
Era de la hija de Mathew.
La funeraria había conseguido localizarla.
Gracias a la información que yo había dejado, la familia había podido acreditar la propiedad del anillo y recuperarlo.
Su padre había perdido aquella alianza la mañana en que murió.
Durante más de veinte años habían pensado que se había perdido para siempre.
La carta terminaba diciendo:
“Me caso dentro de unas semanas.
Mi padre no podrá acompañarme hasta el altar.
Pero gracias a usted, llevaré su alianza conmigo.
No sé cómo supo que estaba allí.
Ni sé por qué decidió buscar a nuestra familia después de tantos años.
Solo sé que consiguió devolverme una parte de mi padre justo a tiempo para uno de los días en que más voy a echarlo de menos.
Me gustaría que estuviera con nosotros.”
Me quedé mucho rato con aquella invitación entre las manos.
Entonces comprendí algo.
Mathew nunca estuvo esperando un tren.
Ni siquiera estaba esperando a un operario.
Estaba esperando que alguien se detuviera el tiempo suficiente para escucharlo.
Durante más de veinte años había permanecido en aquel andén con su periódico bajo el brazo y su alianza perdida entre las vías.
Y tuvo que llegar una desconocida que buscaba sentarse cerca de alguien para no sentirse tan sola en Londres...
Hay una tumba en la Basílica de San Pedro del Vaticano que muchas veces pasa desapercibida. Es la del papa Inocencio VIII, Giovanni Battista Cybo, un pontífice de origen genovés que murió en Roma el 25 de julio de 1492.
Hasta aquí, nada especialmente extraño.
Lo sorprendente aparece al leer una de las inscripciones asociadas a su monumento funerario:
“Novi orbis suo aevo inventi gloria.”
La frase puede traducirse aproximadamente como:
“La gloria del descubrimiento de un Nuevo Mundo en su tiempo.”
Y ahí comienza el enigma.
Inocencio VIII murió el 25 de julio de 1492. Apenas nueve días después, en la madrugada del 3 de agosto, Cristóbal Colón partía de Palos de la Frontera al frente de la expedición que acabaría llegando a tierras americanas el 12 de octubre.
¿Cómo puede aparecer entonces el “Nuevo Mundo” relacionado con un papa que murió antes incluso de que Colón zarpara?
La respuesta obliga a introducir un detalle fundamental que muchas versiones de esta historia omiten: la inscripción que hoy podemos leer no fue colocada antes del viaje de Colón. La lápida fue instalada posteriormente, en el siglo XVII, cuando el monumento funerario fue trasladado a la nueva Basílica de San Pedro.
Por tanto, no estamos ante una profecía escrita antes del descubrimiento.
Pero la pregunta cambia y quizá se vuelve todavía más interesante:
¿por qué alguien decidió relacionar posteriormente a Inocencio VIII con el descubrimiento de un “Nuevo Mundo”?
El monumento funerario del pontífice es una extraordinaria obra de bronce realizada por el escultor florentino Antonio del Pollaiuolo. En él aparece Inocencio VIII tanto yacente como sentado en el trono pontificio.
Y alrededor de este papa y de Cristóbal Colón han surgido durante décadas distintas teorías.
El periodista y escritor italiano Ruggero Marino, que ha dedicado buena parte de su obra a investigar los orígenes de Colón y sus posibles relaciones con el Vaticano, sostiene que pudo existir una conexión mucho más estrecha entre el navegante y el pontífice de lo que recoge la historia tradicional.
Hay, además, una coincidencia llamativa: Inocencio VIII era genovés y la tradición historiográfica más extendida también sitúa el origen de Cristóbal Colón en Génova.
Marino ha llegado a plantear hipótesis mucho más controvertidas sobre la relación entre ambos y sobre la posibilidad de que existieran conocimientos o expediciones atlánticas anteriores al viaje oficial de 1492.
Pero aquí debemos separar cuidadosamente los hechos documentados de las hipótesis.
Sabemos que Inocencio VIII murió el 25 de julio de 1492.
Sabemos que Colón partió de Palos el 3 de agosto.
Sabemos que regresó de su primer viaje en marzo de 1493.
Y sabemos que, muchos años después, quedó vinculada al monumento funerario del papa una inscripción que habla del descubrimiento de un “Novus Orbis”, un Nuevo Mundo, durante su época.
Lo que no podemos afirmar como hecho histórico demostrado es que Inocencio VIII financiara un viaje secreto en 1485, que Colón hubiera llegado previamente a América o que el papa conociera de antemano la existencia del continente.
Son hipótesis.
Y precisamente por eso la inscripción resulta tan fascinante.
Tal vez no estemos ante la prueba de un descubrimiento secreto, pero sí ante una pequeña anomalía histórica que plantea una pregunta extraordinaria:
¿qué relación querían establecer quienes escribieron aquella inscripción entre Inocencio VIII y el descubrimiento del Nuevo Mundo?
Más de cinco siglos después, la frase continúa allí.
Novi orbis suo aevo inventi gloria.
Y quizá el verdadero misterio no sea cómo pudo saberlo Inocencio VIII antes de morir…
sino por qué alguien quiso dejar escrito que aquel descubrimiento pertenecía, de alguna manera, a su tiempo y a su memoria.
Quiero contaros una historia. Y quizá, después de escucharla, nunca volveréis a mirar unos tacones de la misma manera.
Porque esto que hoy asociamos con feminidad, elegancia, deseo o incluso seducción… nació en realidad sobre campos de guerra, entre polvo, sangre y caballos al galope.
Sí. El tacón fue creado para soldados.
En el siglo X, la caballería persa necesitaba mantenerse firme mientras disparaba flechas montados a toda velocidad. La solución fue un pequeño tacón que permitía anclarse al estribo y dominar el caballo sin caer.
No nació para desfilar. Nació para conquistar.
Siglos después, el sha Abbas I envió delegaciones persas a Europa y las cortes quedaron fascinadas con aquella estética poderosa, masculina y casi intimidante. Porque el poder siempre tiene algo profundamente seductor.
Y entonces ocurrió lo inevitable: los hombres más ricos y poderosos de Europa empezaron a elevarse literalmente sobre el resto.
Luis XIV llevó aquella obsesión al extremo. Tacones de hasta 12 centímetros, escenas pintadas en ellos y los famosos tacones rojos reservados únicamente para sus favoritos en la corte.
No era moda. Era jerarquía. Era una forma de decir: “Estoy por encima de ti”.
Pero llegó la Revolución Francesa. Y de pronto, todo aquello dejó de ser admirado para convertirse en un peligroso recordatorio de la aristocracia caída.
Los hombres abandonaron los tacones casi de la noche a la mañana.
Y entonces ocurrió algo curioso.
Las mujeres los recogieron del suelo.
Y lo que antes había sido símbolo de guerra, poder y autoridad masculina… terminó convertido en uno de los mayores símbolos de feminidad y deseo de la historia.
Curioso, ¿no?
Cómo algo creado para dominar el mundo acabó entrando lentamente en los armarios, las pasarelas… y los fetiches.
La historia nunca desaparece. Solo cambia de dueño.
Hay una forma de violencia silenciosa de la que apenas se habla: la de pasar una vida intentando convertirte en alguien que no eres.
Nos educaron para admirar aquello que le queda bien al otro. Su belleza. Su éxito. Su manera de amar. Su forma de habitar el mundo. Y así comenzamos a probarnos vidas ajenas como quien se prueba un zapato prestado.
Pero la verdad es incómoda: lo que hace extraordinaria a una persona puede resultar una cárcel para otra.
Hay quien nació para vivir junto al mar y quien sólo florece en las montañas. Hay quien vino a construir un imperio y quien encontró el sentido de su existencia cultivando un pequeño jardín. Ninguna vida es superior a la otra.
El problema comienza cuando confundimos inspiración con imitación.
No todo lo que admiras está destinado a pertenecerte. Algunas vidas son hermosas precisamente porque están hechas a la medida del alma que las habita.
El zapato de un hombre no le va bien a otro hombre. Tampoco sus sueños, sus tiempos ni sus caminos.
Deja de preguntarte por qué no encajas en lugares donde nunca fuiste llamado a permanecer. Un roble no fracasa por no dar rosas y una rosa no es menos hermosa por no convertirse en roble.
La auténtica libertad comienza el día en que dejas de querer la vida de los demás y empiezas a construir la tuya con la extraña y maravillosa materia de la que está hecha tu propia alma.
No viniste al mundo para ser la mejor versión de otra persona. Viniste a ser la única versión posible de ti mismo.
Brujitip | El vidrio: el cuarzo transparente de la tecnomagia
En la tecnomagia, el vidrio es considerado un material versátil y poderoso. Al igual que el cuarzo transparente en la magia natural, simboliza la claridad, la transmisión y la amplificación de la energía y la información. Piensa en cuántos objetos de vidrio forman parte de nuestra vida cotidiana: las pantallas de nuestros dispositivos, los espejos, las ventanas o las lentes. Su capacidad para permitir el paso de la luz y conectar distintos espacios lo convierte en un excelente símbolo de comunicación, enfoque y manifestación de intenciones dentro de una práctica mágica contemporánea. La tecnomagia nos recuerda que la magia evoluciona con nosotros. Los materiales modernos también pueden convertirse en herramientas simbólicas cuando los utilizamos con conciencia e intención.
Nunca sabes cuándo empieza un nuevo ciclo. La mayoría espera fuegos artificiales, señales o un cambio tan evidente que resulte imposible ignorarlo. Pero la realidad casi nunca funciona así.
A veces todo ocurre un martes cualquiera.
El Portal 10/10 habla precisamente de eso. Del instante en que el final de un camino y el principio del siguiente ocupan el mismo lugar. El diez representa el cierre, pero también el regreso al uno: la posibilidad de volver a empezar. Esta vez, sin embargo, llevas contigo algo que antes no tenías.
Memoria.
Errores.
Y la experiencia suficiente para reconocer las puertas que no merece la pena volver a abrir.
Cuando la energía del dos emerge de este portal, la pregunta deja de ser ¿qué quiero conseguir? y pasa a ser ¿qué voy a hacer con el tiempo que tengo?
Bajo la influencia de Libra, este es un momento para recuperar el equilibrio, ordenar prioridades y crear espacio para aquello que realmente importa.
Cobras 1.300 y te piden 1.200 por 50 metros sin ascensor. Echa cuentas. ¿Comes aire?
Familias con dos sueldos que no llegan. Cuarentones compartiendo piso como estudiantes. Jóvenes con contrato que no pueden irse de casa. Y el cuñado de turno: "pues que trabaje más o se mude".
No es una sensación, son datos del INE: en 2025, el 44,3% de jóvenes de 26 a 34 años vivía con sus padres. El 67,2% de los que quisieron irse no pudo por el precio.
¿FALTAN CASAS O CASAS QUE PODAMOS PAGAR?
El Banco de España lo confirma: desde 2011 construimos menos que hogares nuevos se crean, y entre 2021-2025 el agujero creció.
Pero hay millones de viviendas vacías, segundas residencias, turísticas y obra nueva a 400.000€ que un camarero o una enfermera no pagará nunca. No todas pueden salir mañana al mercado, pero la pregunta es de taberna: ¿construimos lo que necesita la gente o lo que más renta?
El precio no lo marca tu sueldo, lo marca quien más puede pagar. Y así echamos del barrio al que lo levanta a las seis de la mañana.
LEY HAY. VERGÜENZA PARA APLICARLA, POCA.
La Ley 12/2023 ya permite intervenir zonas tensionadas, impulsar vivienda protegida y parque público. Incluso recargos de hasta el 150% del IBI a viviendas vacías sin justificación.
Pero son los ayuntamientos quienes deben aplicarlo. ¿Cuántos lo hacen? Mucho BOE y poco albañil.
Y las competencias están repartidas: Estado hace la ley básica, comunidades hacen la vivienda protegida, ayuntamientos ponen suelo y licencias. Cuando oigas "la culpa es de Sánchez" o "la culpa es de Ayuso", ríete. Todos tienen parte.
Hemos estado décadas haciendo vivienda protegida que a los 15 años se hacía libre y se vendía a precio de oro. Pan para hoy y negocio privado con dinero público.
¿QUÉ HACER? TRES COSAS DE SENTIDO COMÚN.
1. Usar lo que ya existe: regular el turístico donde revienta la convivencia, actuar sobre la vivienda vacía de verdad e incentivar al que quiere alquilar sin miedo.
2. Parque público permanente: no para la foto, para décadas y gobierne quien gobierne. Para vulnerables y también para el que gana 1.400€ y el mercado le dice que no existe. Y a la vez, proteger al casero pequeño con garantías de cobro y justicia que no tarde tres años.
3. Construir donde hace falta, rehabilitar y transporte público decente para que vivir a 30km no sea una condena.
No es utopía: Viena tiene parque municipal desde hace un siglo, Suiza cooperativas a precio de coste, Holanda asociaciones, Francia HLM. Imperfectos, con esperas, pero demuestran que el alquiler no tiene que ser una sangría.
¿Y QUIÉN PAGA?
Se presupuesta. Suelo público, financiación, cooperativas, rehabilitación y auditoría. No es fácil ni gratis, pero para eso cobran.
Esto no es del PSOE, del PP o de Vox. Lleva 40 años cociéndose con todos mirando a otro lado. Y no estaría mal mirar con lupa quién decide sobre vivienda, qué propiedades tiene y con quién hace negocios. Tener pisos no te hace corrupto, pero luz y taquígrafos.
El INE lo remata: en 2024, el 28,1% de los inquilinos a precio de mercado se dejaba más del 40% del sueldo en el techo. Eso no es vivir.
Soluciones hay. Lo que no hay son ganas de pagarlas, de esperar años y de pisar callos gordos.
Trabajar para vivir no debería ser vivir solo para pagar el alquiler.
Bueno, como ya os habréis dado cuenta, y según todas las recomendaciones de la gente que entiende de internet, se supone que no hay que escribir mucho porque “la gente lee las tres primeras líneas y pasa”.
Pues mira… yo me niego. 😂
Me niego muchísimo a dejar de escribir.
Ya bastante hace YouTube poniéndome límite de caracteres, porque si no creo que ocuparía media memoria de la plataforma yo sola.
Este octubre me he animado, solo durante este mes, a compartir cuentos de terror por aquí. Octubre es mi mes favorito en todo el sentido brujil, mágico y extraño de la palabra, y además fueron mis hijos los que me dijeron algo así como: “Mamá, ¿por qué no compartes tus cuentos con tu comunidad?”
Y bueno… aquí estoy.
Os confieso que a veces siento que hago el ridículo.
Pienso: madre mía, esto no tiene narrativa, esto me lo desmonta cualquiera, ya me imagino las voces críticas analizando cada frase… 😂
Pero luego pienso: ¿y qué?
Me da igual.
Es un hobby.
Yo no tengo formación en escritura, no soy escritora ni pretendo hacerme pasar por una. Simplemente escribo lo que se me ocurre. A veces me inspiro en cosas que he vivido, otras en cosas que me han contado, otras en historias que he conocido y otras simplemente en lo que se inventa mi cabeza.
Y lo estoy disfrutando muchísimo.
Porque creo que abrirle la puerta a la creatividad nos hace mucho bien.
Y más aún en este mundo mágico en el que muchos nos movemos, porque la imaginación, la intuición, el instinto, todo ese universo que no podemos tocar ni explicar del todo… necesita también alguna manera de salir.
Mi abuela llamaba a la creatividad “la loca de la casa”.
Y de vez en cuando hay que dejarla salir.
Así que quiero haceros una invitación.
Este espacio también es vuestro.
De verdad.
Utilizadlo.
Dejad relatos, poemas, versos, historias cortas, pensamientos, experiencias, cosas que os hayan ocurrido, cosas inventadas, reflexiones…
O simplemente un:
“Hoy no estoy bien.”
Y quizá entre todos podamos apapachar un poquito a esa persona.
No tengáis miedo a escribir.
No tengáis miedo a pensar que lo vuestro no es suficientemente bueno.
Aquí no estamos compitiendo con nadie.
Mientras exista respeto, como lo hemos demostrado durante todo este tiempo, podemos hablar, compartir, discrepar, reírnos, emocionarnos y conocernos un poquito más.
Así que la puerta queda abierta.
Escribid lo que queráis.
Se acercan las Navidades, llegarán nuevos momentos, nuevas historias, nuevas excusas para escribir…
Quién sabe.
Igual algún día sale de aquí un Premio Planeta y nosotros podemos decir: “yo le leía cuando escribía en los comentarios de YouTube”. 😂
Ocurrió uno de esos fines de semana de los que no esperas recordar absolutamente nada.
Yo tenía la costumbre de coger el coche, llevarme a Bambam y buscar algún lugar donde caminar.
Oxfordshire, Gloucestershire, los Cotswolds…
Elegía un sendero y pasábamos allí la mañana. Yo caminaba y Bambam corría suelto. Desaparecía entre los árboles durante unos minutos y siempre terminaba regresando cubierto de barro y encantado consigo mismo.
Por aquella época, los periódicos británicos hablaban de un asesino en serie.
Las víctimas no tenían relación entre ellas y los cadáveres aparecían ocultos cerca de rutas de senderismo, en cuevas, barrancos o lugares apartados.
A todos les faltaba una falange.
Y había otra peculiaridad.
El asesino solo actuaba cuatro veces al año: alrededor de los dos equinoccios y los dos solsticios.
Después desaparecía durante meses.
Un día reconocí el lugar de uno de los crímenes.
Bambam y yo habíamos estado allí unos días antes.
Pensé:
Qué casualidad.
Meses después ocurrió otra vez.
A la tercera, abrí un mapa y empecé a comprobar los casos.
Los cuatro últimos asesinatos coincidían con lugares donde habíamos estado.
Busqué el año anterior.
Otros cuatro.
Y el anterior.
Otros cuatro.
Doce víctimas.
Doce excursiones.
Tres años.
Recuerdo perfectamente lo que pensé.
Qué suerte he tenido.
Doce veces había estado cerca de aquel asesino.
Y doce veces había elegido a otra persona.
Intenté olvidarlo.
Hasta que estrené coche.
Aquel domingo habíamos ido a caminar cerca de Oxford. Había llovido y Bambam regresó hecho un desastre.
Al llegar a casa encontré una pequeña mancha de sangre en la tapicería.
Lo revisé.
No tenía ninguna herida.
—¿Qué tienes ahí?
Mordisqueaba algo.
Intenté abrirle la boca y gruñó.
Bambam jamás me había gruñido.
Lo dejé.
Desde la cocina lo vi salir al jardín, cavar junto al seto y enterrar aquello.
Aquella noche esperé a que se durmiera.
Salí con una linterna.
Cavé.
Y encontré una falange humana.
Entonces recordé algo peor.
No era la primera vez que Bambam enterraba cosas allí.
A la mañana siguiente cavé en otro punto.
Encontré otra.
Un poco más allá, otra.
Dejé de buscar.
Ya sabía lo que había debajo de mi jardín.
Los lugares.
Las fechas.
Las desapariciones de Bambam durante nuestros paseos.
Las falanges.
Podía haber llamado a la policía.
Probablemente debería haberlo hecho.
Pero necesitaba responder una pregunta.
¿De dónde las sacaba mi perro?
Esperé al solsticio de invierno.
Llegó con nieve.
Aquella mañana Bambam estaba especialmente inquieto. Iba de la puerta a la ventana y volvía a mirarme, como si supiera perfectamente qué día era.
Cogí las llaves.
Conduje hasta una ruta cerca de Oxford.
Lo solté.
Salió corriendo.
Y esta vez fui detrás.
Durante casi veinte minutos no ocurrió nada.
Hasta que Bambam encontró a un hombre caminando solo.
Se acercó.
El desconocido lo acarició.
—¿Te has perdido?
Bambam se alejó unos metros.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
El hombre lo siguió.
Bambam avanzó.
Volvió a esperarlo.
Entonces comprendí.
Mi perro no se perdía.
Buscaba.
Los seguí hasta una zona rocosa, lejos del sendero.
Había un hombre esperando.
Bambam corrió hacia él.
El desconocido se agachó y le acarició la cabeza como si lo conociera de toda la vida.
El senderista llegó detrás.
—Disculpe. ¿Es suyo?
—Sí.
El hombre sonrió.
—Siempre vuelve.
No vi el primer golpe.
Solo vi caer al senderista.
El forcejeo fue breve.
Después, silencio.
El hombre arrastró el cuerpo hasta una pequeña cueva.
Bambam se quedó fuera.
Sentado.
Esperando.
Yo debería haber corrido.
No lo hice.
El hombre regresó unos minutos después con algo entre los dedos.
Una falange.
—Buen chico.
Se la dio a Bambam.
Y de repente todo encajó.
Las falanges no eran trofeos.
Eran premios.
Bambam encontraba a alguien que caminaba solo, conseguía que lo siguiera y lo conducía hasta aquel hombre.
Entonces el asesino silbó.
Dos notas cortas.
Bambam se sentó inmediatamente.
Conocía aquel silbido.
Lo había escuchado cientos de veces cuando Bambam era cachorro.
Miré al hombre con atención.
Y lo reconocí.
Era su antiguo adiestrador.
Recordé las sesiones en las que me pedía que me marchara.
—Trabaja mejor si tú no estás delante.
Los ejercicios de búsqueda.
Las tardes en las que se llevaba a Bambam solo.
Y aquella frase que siempre me había hecho sentir orgullosa:
—Este perro tiene un talento excepcional para encontrar personas.
Ahora sabía para qué lo había entrenado.
Yo elegía los bosques.
Yo conducía.
Yo soltaba al perro.
Y cuatro veces al año Bambam encontraba una víctima.
Sin saberlo, durante tres años había sido parte del método.
Retrocedí.
La nieve crujió bajo mi bota.
El hombre levantó la cabeza.
Me vio.
Pensé que correría hacia mí.
No lo hizo.
Sonrió.
—Cuánto tiempo.
Silbó.
Bambam levantó las orejas.
—Ven, Bambam —dije.
Mi perro dio un paso hacia mí.
El hombre hizo un gesto.
Bambam se detuvo.
Y comprendí algo terrible.
Bambam me quería.
Pero a él...
lo obedecía.
El hombre señaló el cadáver.
Después señaló a Bambam.
Finalmente me señaló a mí.
No necesitó decir nada.
Durante tres años yo había llevado al perro hasta aquellos lugares sin despertar una sola sospecha.
Hasta entonces había sido perfecta porque ignoraba la verdad.
Ahora podía seguir haciendo exactamente lo mismo.
Elegir un bosque.
Aparcar.
Soltar a Bambam.
Y no hacer preguntas.
El hombre levantó la falange entre los dedos y sonrió.
Comprendí la propuesta.
Y también la amenaza.
Miré a Bambam.
Movía la cola.
Entonces miré al hombre.
Y entendí que la próxima falange iba a ser la mía...
Silvia Meraki
EL HOMBRE DEL ANDÉN
Todas las mañanas cogía el metro para ir a trabajar.
Por aquel entonces todavía llevaba poco tiempo en Londres. Ya empezaba a conocer la ciudad, pero conocer una ciudad y sentir que perteneces a ella son cosas distintas.
Y a las seis de la mañana Londres parecía todavía más grande.
A esa hora había poca gente en el andén. Algún trabajador con un café, alguien medio dormido mirando el móvil y él.
Al principio no sabía que se llamaba Mathew.
Era un señor de unos setenta años, siempre con abrigo oscuro, zapatos impecables y un periódico doblado bajo el brazo.
Nunca le vi un teléfono.
No sé por qué empecé a colocarme cerca de él.
Bueno, sí lo sé.
Me daba seguridad.
Cuando llegas sola a una ciudad nueva desarrollas ciertas costumbres sin darte cuenta. Esperas cerca de alguien que, por alguna razón, te hace sentir que ahí no puede ocurrirte nada.
Mathew era eso para mí.
Durante las primeras semanas apenas intercambiamos una inclinación de cabeza.
—Morning.
—Morning.
Después empezamos a hablar.
Conversaciones de tres o cuatro minutos mientras llegaba mi tren.
Del tiempo. De Londres. De alguna noticia deportiva, él solo asentia con la cabeza.
Me contó brevemente que había vivido en España, que le encantaba Granada y que conocía las Islas Canarias. Su mujer aparecía constantemente en aquellas historias.
—Mi mujer siempre dice...
—Cuando estuvimos...
—A mi mujer le encantaba...
Poco a poco empecé a buscarlo cada mañana al bajar al andén.
Y casi siempre estaba allí.
Lo extraño era que nunca cogía ningún tren.
Yo subía.
Mathew se quedaba.
Hasta que un día le pregunté:
—¿Está esperando a alguien?
—Sí.
Semanas después volví a preguntárselo.
—¿Sigue esperando a esa persona?
Sonrió.
—A un trabajador del metro.
—Pues lleva usted bastante tiempo esperando.
Se rio.
No fue hasta mucho después cuando me explicó por qué.
Había perdido algo.
—¿Qué?
Miró hacia las vías.
—Un anillo.
—¿Su alianza?
Asintió.
—¿Y lleva todo este tiempo esperando a que alguien la encuentre?
—Algún día lo harán.
—Yo después de tanto tiempo compraría otra.
Negó con la cabeza.
—No sería la misma.
Poco después comenzaron unas obras en la estación.
Levantaron parte del andén, trabajaron en las vías y durante varias semanas cambiaron los accesos.
Cuando todo volvió a la normalidad, Mathew había desaparecido.
Al principio pensé que habría cambiado de estación.
Pero pasaron los días.
Después semanas.
Hasta que una mañana pregunté a uno de los trabajadores.
—¿No ha visto al señor mayor que se ponía siempre ahí?
Lo describí.
Abrigo oscuro. Canoso. Un periódico siempre bajo el brazo.
—No me suena.
—Venía todos los días. Se llamaba Mathew. Estaba esperando a un operario porque había perdido una alianza en las vías.
El hombre dejó de limpiar.
—¿Una alianza?
—Sí.
—Dirijase a objetos perdidos.
Aquella misma tarde fui a objetos perdidos.
La alianza estaba allí.
Tenía una inscripción en el interior, pero naturalmente no quisieron darme información sobre la persona a la que podía pertenecer. Yo no era familiar. Ni siquiera podía demostrar que conocía a Mathew.
Salí de allí sin saber qué hacer.
Y entonces recordé el periódico.
Una mañana, meses atrás, le había dicho:
—Ya casi no se ve a nadie leyendo periódicos de papel.
Mathew había sonreído.
—Soy un clásico.
Por alguna razón recordaba perfectamente la portada que llevaba aquel día.
Y también la fecha.
27 de octubre de 1999.
Empecé por ahí.
Busqué noticias de aquel día. Después el nombre Mathew. Revisé cuanto pude encontrar relacionado con la estación.
Nada.
Había demasiados Mathew.
Estuve a punto de dejarlo varias veces.
Hasta que encontré una esquela.
No tenía fotografía.
Solo un nombre, una edad y la fecha de la muerte:
27 de octubre de 1999.
Y el nombre de la funeraria que se había encargado del servicio.
Le di vueltas durante días.
¿Qué iba a decirles?
Buenos días. Creo que llevo meses hablando en el metro con un hombre al que ustedes enterraron hace más de veinte años.
Finalmente fui.
Les conté todo.
El andén.
Las conversaciones.
El periódico.
La alianza.
Mientras hablaba era consciente de lo absurdo que sonaba.
Cuando terminé hubo un silencio bastante largo.
Pensé que me invitarían amablemente a marcharme.
No lo hicieron.
Una de las personas que trabajaba allí encontró el antiguo registro.
Mathew había muerto un par de dias antes.
Un infarto.
En la estación.
Me enseñaron una fotografía que conservaban asociada al servicio.
Era él.
El hombre con el que había hablado todas aquellas mañanas.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Les expliqué que durante las obras habían encontrado una alianza y que probablemente seguía en objetos perdidos.
No podían facilitarme los datos de la familia.
Pero prometieron intentar contactar con ellos, siempre que después de tantos años la información que conservaban siguiera siendo válida.
Me fui.
Pasaron varias semanas.
No recibí ninguna llamada.
Y poco a poco empecé a convencerme de que aquello había terminado.
Hasta que una tarde encontré un sobre en el buzón.
Dentro había una invitación de boda.
No conocía ninguno de los dos nombres.
Junto a ella había una carta escrita a mano.
Era de la hija de Mathew.
La funeraria había conseguido localizarla.
Gracias a la información que yo había dejado, la familia había podido acreditar la propiedad del anillo y recuperarlo.
Su padre había perdido aquella alianza la mañana en que murió.
Durante más de veinte años habían pensado que se había perdido para siempre.
La carta terminaba diciendo:
“Me caso dentro de unas semanas.
Mi padre no podrá acompañarme hasta el altar.
Pero gracias a usted, llevaré su alianza conmigo.
No sé cómo supo que estaba allí.
Ni sé por qué decidió buscar a nuestra familia después de tantos años.
Solo sé que consiguió devolverme una parte de mi padre justo a tiempo para uno de los días en que más voy a echarlo de menos.
Me gustaría que estuviera con nosotros.”
Me quedé mucho rato con aquella invitación entre las manos.
Entonces comprendí algo.
Mathew nunca estuvo esperando un tren.
Ni siquiera estaba esperando a un operario.
Estaba esperando que alguien se detuviera el tiempo suficiente para escucharlo.
Durante más de veinte años había permanecido en aquel andén con su periódico bajo el brazo y su alianza perdida entre las vías.
Y tuvo que llegar una desconocida que buscaba sentarse cerca de alguien para no sentirse tan sola en Londres...
para que, finalmente, él pudiera volver a casa.
#RelatosDeTerror #HistoriasDeFantasmas #MetroDeLondres #HistoriasParanormales #Terror
1 week ago |[YT] | 20
View 5 replies
Silvia Meraki
EL EXTRAÑO EPITAFIO DE INOCENCIO VIII
Hay una tumba en la Basílica de San Pedro del Vaticano que muchas veces pasa desapercibida. Es la del papa Inocencio VIII, Giovanni Battista Cybo, un pontífice de origen genovés que murió en Roma el 25 de julio de 1492.
Hasta aquí, nada especialmente extraño.
Lo sorprendente aparece al leer una de las inscripciones asociadas a su monumento funerario:
“Novi orbis suo aevo inventi gloria.”
La frase puede traducirse aproximadamente como:
“La gloria del descubrimiento de un Nuevo Mundo en su tiempo.”
Y ahí comienza el enigma.
Inocencio VIII murió el 25 de julio de 1492. Apenas nueve días después, en la madrugada del 3 de agosto, Cristóbal Colón partía de Palos de la Frontera al frente de la expedición que acabaría llegando a tierras americanas el 12 de octubre.
¿Cómo puede aparecer entonces el “Nuevo Mundo” relacionado con un papa que murió antes incluso de que Colón zarpara?
La respuesta obliga a introducir un detalle fundamental que muchas versiones de esta historia omiten: la inscripción que hoy podemos leer no fue colocada antes del viaje de Colón. La lápida fue instalada posteriormente, en el siglo XVII, cuando el monumento funerario fue trasladado a la nueva Basílica de San Pedro.
Por tanto, no estamos ante una profecía escrita antes del descubrimiento.
Pero la pregunta cambia y quizá se vuelve todavía más interesante:
¿por qué alguien decidió relacionar posteriormente a Inocencio VIII con el descubrimiento de un “Nuevo Mundo”?
El monumento funerario del pontífice es una extraordinaria obra de bronce realizada por el escultor florentino Antonio del Pollaiuolo. En él aparece Inocencio VIII tanto yacente como sentado en el trono pontificio.
Y alrededor de este papa y de Cristóbal Colón han surgido durante décadas distintas teorías.
El periodista y escritor italiano Ruggero Marino, que ha dedicado buena parte de su obra a investigar los orígenes de Colón y sus posibles relaciones con el Vaticano, sostiene que pudo existir una conexión mucho más estrecha entre el navegante y el pontífice de lo que recoge la historia tradicional.
Hay, además, una coincidencia llamativa: Inocencio VIII era genovés y la tradición historiográfica más extendida también sitúa el origen de Cristóbal Colón en Génova.
Marino ha llegado a plantear hipótesis mucho más controvertidas sobre la relación entre ambos y sobre la posibilidad de que existieran conocimientos o expediciones atlánticas anteriores al viaje oficial de 1492.
Pero aquí debemos separar cuidadosamente los hechos documentados de las hipótesis.
Sabemos que Inocencio VIII murió el 25 de julio de 1492.
Sabemos que Colón partió de Palos el 3 de agosto.
Sabemos que regresó de su primer viaje en marzo de 1493.
Y sabemos que, muchos años después, quedó vinculada al monumento funerario del papa una inscripción que habla del descubrimiento de un “Novus Orbis”, un Nuevo Mundo, durante su época.
Lo que no podemos afirmar como hecho histórico demostrado es que Inocencio VIII financiara un viaje secreto en 1485, que Colón hubiera llegado previamente a América o que el papa conociera de antemano la existencia del continente.
Son hipótesis.
Y precisamente por eso la inscripción resulta tan fascinante.
Tal vez no estemos ante la prueba de un descubrimiento secreto, pero sí ante una pequeña anomalía histórica que plantea una pregunta extraordinaria:
¿qué relación querían establecer quienes escribieron aquella inscripción entre Inocencio VIII y el descubrimiento del Nuevo Mundo?
Más de cinco siglos después, la frase continúa allí.
Novi orbis suo aevo inventi gloria.
Y quizá el verdadero misterio no sea cómo pudo saberlo Inocencio VIII antes de morir…
sino por qué alguien quiso dejar escrito que aquel descubrimiento pertenecía, de alguna manera, a su tiempo y a su memoria.
#InocencioVIII #CristóbalColón #Historia #Vaticano #MisteriosDeLaHistoria #DescubrimientoDeAmérica #Roma #HistoriaOculta #CuriosidadesHistóricas #NuevoMundo
1 week ago |[YT] | 13
View 3 replies
Silvia Meraki
Quiero contaros una historia.
Y quizá, después de escucharla, nunca volveréis a mirar unos tacones de la misma manera.
Porque esto que hoy asociamos con feminidad, elegancia, deseo o incluso seducción… nació en realidad sobre campos de guerra, entre polvo, sangre y caballos al galope.
Sí.
El tacón fue creado para soldados.
En el siglo X, la caballería persa necesitaba mantenerse firme mientras disparaba flechas montados a toda velocidad.
La solución fue un pequeño tacón que permitía anclarse al estribo y dominar el caballo sin caer.
No nació para desfilar.
Nació para conquistar.
Siglos después, el sha Abbas I envió delegaciones persas a Europa y las cortes quedaron fascinadas con aquella estética poderosa, masculina y casi intimidante.
Porque el poder siempre tiene algo profundamente seductor.
Y entonces ocurrió lo inevitable:
los hombres más ricos y poderosos de Europa empezaron a elevarse literalmente sobre el resto.
Tacones altos.
Bordados imposibles.
Posturas exageradas.
Piernas marcadas.
Presencia.
Luis XIV llevó aquella obsesión al extremo.
Tacones de hasta 12 centímetros, escenas pintadas en ellos y los famosos tacones rojos reservados únicamente para sus favoritos en la corte.
No era moda.
Era jerarquía.
Era una forma de decir: “Estoy por encima de ti”.
Pero llegó la Revolución Francesa.
Y de pronto, todo aquello dejó de ser admirado para convertirse en un peligroso recordatorio de la aristocracia caída.
Los hombres abandonaron los tacones casi de la noche a la mañana.
Y entonces ocurrió algo curioso.
Las mujeres los recogieron del suelo.
Y lo que antes había sido símbolo de guerra, poder y autoridad masculina… terminó convertido en uno de los mayores símbolos de feminidad y deseo de la historia.
Curioso, ¿no?
Cómo algo creado para dominar el mundo acabó entrando lentamente en los armarios, las pasarelas… y los fetiches.
La historia nunca desaparece.
Solo cambia de dueño.
#Historia #Curiosidades #Moda #Tacones #LuisXIV #HistoriaDeLaModa #Feminidad #HistoriaCuriosa #LuxuryStyle #Sensualidad #FashionHistory #Elegancia #Realeza #Cultura
1 week ago |[YT] | 26
View 3 replies
Silvia Meraki
Hay una forma de violencia silenciosa de la que apenas se habla: la de pasar una vida intentando convertirte en alguien que no eres.
Nos educaron para admirar aquello que le queda bien al otro. Su belleza. Su éxito. Su manera de amar. Su forma de habitar el mundo. Y así comenzamos a probarnos vidas ajenas como quien se prueba un zapato prestado.
Pero la verdad es incómoda: lo que hace extraordinaria a una persona puede resultar una cárcel para otra.
Hay quien nació para vivir junto al mar y quien sólo florece en las montañas. Hay quien vino a construir un imperio y quien encontró el sentido de su existencia cultivando un pequeño jardín. Ninguna vida es superior a la otra.
El problema comienza cuando confundimos inspiración con imitación.
No todo lo que admiras está destinado a pertenecerte. Algunas vidas son hermosas precisamente porque están hechas a la medida del alma que las habita.
El zapato de un hombre no le va bien a otro hombre. Tampoco sus sueños, sus tiempos ni sus caminos.
Deja de preguntarte por qué no encajas en lugares donde nunca fuiste llamado a permanecer. Un roble no fracasa por no dar rosas y una rosa no es menos hermosa por no convertirse en roble.
La auténtica libertad comienza el día en que dejas de querer la vida de los demás y empiezas a construir la tuya con la extraña y maravillosa materia de la que está hecha tu propia alma.
No viniste al mundo para ser la mejor versión de otra persona. Viniste a ser la única versión posible de ti mismo.
— Silvia Meraki.
#SilviaMeraki #RecuérdaloSiempre #Autenticidad #Autoconocimiento #DesarrolloPersonal #VidaConsciente #AmorPropio #CrecimientoPersonal #FilosofíaDeVida #Espiritualidad #Mindfulness #SéTúMismo #SlowLiving #AlmaLibre #DespertarEspiritual #PoesíaContemporánea #Reflexiones #Consciencia #PropósitoDeVida #ViveATuManera
1 week ago |[YT] | 23
View 3 replies
Silvia Meraki
Brujitip | El vidrio: el cuarzo transparente de la tecnomagia
En la tecnomagia, el vidrio es considerado un material versátil y poderoso. Al igual que el cuarzo transparente en la magia natural, simboliza la claridad, la transmisión y la amplificación de la energía y la información.
Piensa en cuántos objetos de vidrio forman parte de nuestra vida cotidiana: las pantallas de nuestros dispositivos, los espejos, las ventanas o las lentes. Su capacidad para permitir el paso de la luz y conectar distintos espacios lo convierte en un excelente símbolo de comunicación, enfoque y manifestación de intenciones dentro de una práctica mágica contemporánea.
La tecnomagia nos recuerda que la magia evoluciona con nosotros. Los materiales modernos también pueden convertirse en herramientas simbólicas cuando los utilizamos con conciencia e intención.
#Brujitips #Tecnomagia #MagiaModerna #Vidrio #CuarzoTransparente #BrujeriaContemporanea #Espiritualidad #MagiaCotidiana #SabiduriaEsoterica #WitchTips #BrujeriaNatural #SimbolismoMagico #VidaConsciente #MagiaDelSigloXXI
1 week ago |[YT] | 17
View 1 reply
Silvia Meraki
La cordura está bien para los días laborables.
#Psycho #AlfredHitchcock #ClassicCinema #DarkHumor #HalloweenAesthetic #VintageCinema #CineClasico #OctoberMood #OldHollywood #FilmLover
1 week ago |[YT] | 33
View 1 reply
Silvia Meraki
Nunca sabes cuándo empieza un nuevo ciclo. La mayoría espera fuegos artificiales, señales o un cambio tan evidente que resulte imposible ignorarlo. Pero la realidad casi nunca funciona así.
A veces todo ocurre un martes cualquiera.
El Portal 10/10 habla precisamente de eso. Del instante en que el final de un camino y el principio del siguiente ocupan el mismo lugar. El diez representa el cierre, pero también el regreso al uno: la posibilidad de volver a empezar. Esta vez, sin embargo, llevas contigo algo que antes no tenías.
Memoria.
Errores.
Y la experiencia suficiente para reconocer las puertas que no merece la pena volver a abrir.
Cuando la energía del dos emerge de este portal, la pregunta deja de ser ¿qué quiero conseguir? y pasa a ser ¿qué voy a hacer con el tiempo que tengo?
Bajo la influencia de Libra, este es un momento para recuperar el equilibrio, ordenar prioridades y crear espacio para aquello que realmente importa.
Porque hay una verdad que casi siempre olvidamos.
El tiempo nunca cambia.
Los que cambiamos somos nosotros.
#Portal1010 #1010 #Libra #Numerología #Magia #Espiritualidad #DesarrolloPersonal #Rituales #Energía #SilviaMeraki
1 week ago |[YT] | 23
View 0 replies
Silvia Meraki
¿PERO QUÉ ESTAMOS HACIENDO?
Cobras 1.300 y te piden 1.200 por 50 metros sin ascensor. Echa cuentas. ¿Comes aire?
Familias con dos sueldos que no llegan. Cuarentones compartiendo piso como estudiantes. Jóvenes con contrato que no pueden irse de casa. Y el cuñado de turno: "pues que trabaje más o se mude".
No es una sensación, son datos del INE: en 2025, el 44,3% de jóvenes de 26 a 34 años vivía con sus padres. El 67,2% de los que quisieron irse no pudo por el precio.
¿FALTAN CASAS O CASAS QUE PODAMOS PAGAR?
El Banco de España lo confirma: desde 2011 construimos menos que hogares nuevos se crean, y entre 2021-2025 el agujero creció.
Pero hay millones de viviendas vacías, segundas residencias, turísticas y obra nueva a 400.000€ que un camarero o una enfermera no pagará nunca. No todas pueden salir mañana al mercado, pero la pregunta es de taberna: ¿construimos lo que necesita la gente o lo que más renta?
El precio no lo marca tu sueldo, lo marca quien más puede pagar. Y así echamos del barrio al que lo levanta a las seis de la mañana.
LEY HAY. VERGÜENZA PARA APLICARLA, POCA.
La Ley 12/2023 ya permite intervenir zonas tensionadas, impulsar vivienda protegida y parque público. Incluso recargos de hasta el 150% del IBI a viviendas vacías sin justificación.
Pero son los ayuntamientos quienes deben aplicarlo. ¿Cuántos lo hacen? Mucho BOE y poco albañil.
Y las competencias están repartidas: Estado hace la ley básica, comunidades hacen la vivienda protegida, ayuntamientos ponen suelo y licencias. Cuando oigas "la culpa es de Sánchez" o "la culpa es de Ayuso", ríete. Todos tienen parte.
Hemos estado décadas haciendo vivienda protegida que a los 15 años se hacía libre y se vendía a precio de oro. Pan para hoy y negocio privado con dinero público.
¿QUÉ HACER? TRES COSAS DE SENTIDO COMÚN.
1. Usar lo que ya existe: regular el turístico donde revienta la convivencia, actuar sobre la vivienda vacía de verdad e incentivar al que quiere alquilar sin miedo.
2. Parque público permanente: no para la foto, para décadas y gobierne quien gobierne. Para vulnerables y también para el que gana 1.400€ y el mercado le dice que no existe. Y a la vez, proteger al casero pequeño con garantías de cobro y justicia que no tarde tres años.
3. Construir donde hace falta, rehabilitar y transporte público decente para que vivir a 30km no sea una condena.
No es utopía: Viena tiene parque municipal desde hace un siglo, Suiza cooperativas a precio de coste, Holanda asociaciones, Francia HLM. Imperfectos, con esperas, pero demuestran que el alquiler no tiene que ser una sangría.
¿Y QUIÉN PAGA?
Se presupuesta. Suelo público, financiación, cooperativas, rehabilitación y auditoría. No es fácil ni gratis, pero para eso cobran.
Esto no es del PSOE, del PP o de Vox. Lleva 40 años cociéndose con todos mirando a otro lado. Y no estaría mal mirar con lupa quién decide sobre vivienda, qué propiedades tiene y con quién hace negocios. Tener pisos no te hace corrupto, pero luz y taquígrafos.
El INE lo remata: en 2024, el 28,1% de los inquilinos a precio de mercado se dejaba más del 40% del sueldo en el techo. Eso no es vivir.
Soluciones hay. Lo que no hay son ganas de pagarlas, de esperar años y de pisar callos gordos.
Trabajar para vivir no debería ser vivir solo para pagar el alquiler.
#ViviendaDigna #CrisisDeVivienda #España #Economía #PolíticaDeVivienda
1 week ago |[YT] | 20
View 1 reply
Silvia Meraki
Bueno, como ya os habréis dado cuenta, y según todas las recomendaciones de la gente que entiende de internet, se supone que no hay que escribir mucho porque “la gente lee las tres primeras líneas y pasa”.
Pues mira… yo me niego. 😂
Me niego muchísimo a dejar de escribir.
Ya bastante hace YouTube poniéndome límite de caracteres, porque si no creo que ocuparía media memoria de la plataforma yo sola.
Este octubre me he animado, solo durante este mes, a compartir cuentos de terror por aquí. Octubre es mi mes favorito en todo el sentido brujil, mágico y extraño de la palabra, y además fueron mis hijos los que me dijeron algo así como: “Mamá, ¿por qué no compartes tus cuentos con tu comunidad?”
Y bueno… aquí estoy.
Os confieso que a veces siento que hago el ridículo.
Pienso: madre mía, esto no tiene narrativa, esto me lo desmonta cualquiera, ya me imagino las voces críticas analizando cada frase… 😂
Pero luego pienso: ¿y qué?
Me da igual.
Es un hobby.
Yo no tengo formación en escritura, no soy escritora ni pretendo hacerme pasar por una. Simplemente escribo lo que se me ocurre. A veces me inspiro en cosas que he vivido, otras en cosas que me han contado, otras en historias que he conocido y otras simplemente en lo que se inventa mi cabeza.
Y lo estoy disfrutando muchísimo.
Porque creo que abrirle la puerta a la creatividad nos hace mucho bien.
Y más aún en este mundo mágico en el que muchos nos movemos, porque la imaginación, la intuición, el instinto, todo ese universo que no podemos tocar ni explicar del todo… necesita también alguna manera de salir.
Mi abuela llamaba a la creatividad “la loca de la casa”.
Y de vez en cuando hay que dejarla salir.
Así que quiero haceros una invitación.
Este espacio también es vuestro.
De verdad.
Utilizadlo.
Dejad relatos, poemas, versos, historias cortas, pensamientos, experiencias, cosas que os hayan ocurrido, cosas inventadas, reflexiones…
O simplemente un:
“Hoy no estoy bien.”
Y quizá entre todos podamos apapachar un poquito a esa persona.
No tengáis miedo a escribir.
No tengáis miedo a pensar que lo vuestro no es suficientemente bueno.
Aquí no estamos compitiendo con nadie.
Mientras exista respeto, como lo hemos demostrado durante todo este tiempo, podemos hablar, compartir, discrepar, reírnos, emocionarnos y conocernos un poquito más.
Así que la puerta queda abierta.
Escribid lo que queráis.
Se acercan las Navidades, llegarán nuevos momentos, nuevas historias, nuevas excusas para escribir…
Quién sabe.
Igual algún día sale de aquí un Premio Planeta y nosotros podemos decir: “yo le leía cuando escribía en los comentarios de YouTube”. 😂
Así que venga.
Os leo. ❤️
#ComunidadMeraki
#EscribirNosUne #ComunidadCreativa #HistoriasQueInspiran #RelatosYPalabras #CreatividadSinMiedo #EscritoresDeYouTube #ComparteTuHistoria #RincónDeEscritura #PalabrasQueConectan #LaLocaDeLaCasa
1 week ago |[YT] | 32
View 5 replies
Silvia Meraki
EL PERRO QUE ESPERA
Ocurrió uno de esos fines de semana de los que no esperas recordar absolutamente nada.
Yo tenía la costumbre de coger el coche, llevarme a Bambam y buscar algún lugar donde caminar.
Oxfordshire, Gloucestershire, los Cotswolds…
Elegía un sendero y pasábamos allí la mañana. Yo caminaba y Bambam corría suelto. Desaparecía entre los árboles durante unos minutos y siempre terminaba regresando cubierto de barro y encantado consigo mismo.
Por aquella época, los periódicos británicos hablaban de un asesino en serie.
Las víctimas no tenían relación entre ellas y los cadáveres aparecían ocultos cerca de rutas de senderismo, en cuevas, barrancos o lugares apartados.
A todos les faltaba una falange.
Y había otra peculiaridad.
El asesino solo actuaba cuatro veces al año: alrededor de los dos equinoccios y los dos solsticios.
Después desaparecía durante meses.
Un día reconocí el lugar de uno de los crímenes.
Bambam y yo habíamos estado allí unos días antes.
Pensé:
Qué casualidad.
Meses después ocurrió otra vez.
A la tercera, abrí un mapa y empecé a comprobar los casos.
Los cuatro últimos asesinatos coincidían con lugares donde habíamos estado.
Busqué el año anterior.
Otros cuatro.
Y el anterior.
Otros cuatro.
Doce víctimas.
Doce excursiones.
Tres años.
Recuerdo perfectamente lo que pensé.
Qué suerte he tenido.
Doce veces había estado cerca de aquel asesino.
Y doce veces había elegido a otra persona.
Intenté olvidarlo.
Hasta que estrené coche.
Aquel domingo habíamos ido a caminar cerca de Oxford. Había llovido y Bambam regresó hecho un desastre.
Al llegar a casa encontré una pequeña mancha de sangre en la tapicería.
Lo revisé.
No tenía ninguna herida.
—¿Qué tienes ahí?
Mordisqueaba algo.
Intenté abrirle la boca y gruñó.
Bambam jamás me había gruñido.
Lo dejé.
Desde la cocina lo vi salir al jardín, cavar junto al seto y enterrar aquello.
Aquella noche esperé a que se durmiera.
Salí con una linterna.
Cavé.
Y encontré una falange humana.
Entonces recordé algo peor.
No era la primera vez que Bambam enterraba cosas allí.
A la mañana siguiente cavé en otro punto.
Encontré otra.
Un poco más allá, otra.
Dejé de buscar.
Ya sabía lo que había debajo de mi jardín.
Los lugares.
Las fechas.
Las desapariciones de Bambam durante nuestros paseos.
Las falanges.
Podía haber llamado a la policía.
Probablemente debería haberlo hecho.
Pero necesitaba responder una pregunta.
¿De dónde las sacaba mi perro?
Esperé al solsticio de invierno.
Llegó con nieve.
Aquella mañana Bambam estaba especialmente inquieto. Iba de la puerta a la ventana y volvía a mirarme, como si supiera perfectamente qué día era.
Cogí las llaves.
Conduje hasta una ruta cerca de Oxford.
Lo solté.
Salió corriendo.
Y esta vez fui detrás.
Durante casi veinte minutos no ocurrió nada.
Hasta que Bambam encontró a un hombre caminando solo.
Se acercó.
El desconocido lo acarició.
—¿Te has perdido?
Bambam se alejó unos metros.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
El hombre lo siguió.
Bambam avanzó.
Volvió a esperarlo.
Entonces comprendí.
Mi perro no se perdía.
Buscaba.
Los seguí hasta una zona rocosa, lejos del sendero.
Había un hombre esperando.
Bambam corrió hacia él.
El desconocido se agachó y le acarició la cabeza como si lo conociera de toda la vida.
El senderista llegó detrás.
—Disculpe. ¿Es suyo?
—Sí.
El hombre sonrió.
—Siempre vuelve.
No vi el primer golpe.
Solo vi caer al senderista.
El forcejeo fue breve.
Después, silencio.
El hombre arrastró el cuerpo hasta una pequeña cueva.
Bambam se quedó fuera.
Sentado.
Esperando.
Yo debería haber corrido.
No lo hice.
El hombre regresó unos minutos después con algo entre los dedos.
Una falange.
—Buen chico.
Se la dio a Bambam.
Y de repente todo encajó.
Las falanges no eran trofeos.
Eran premios.
Bambam encontraba a alguien que caminaba solo, conseguía que lo siguiera y lo conducía hasta aquel hombre.
Entonces el asesino silbó.
Dos notas cortas.
Bambam se sentó inmediatamente.
Conocía aquel silbido.
Lo había escuchado cientos de veces cuando Bambam era cachorro.
Miré al hombre con atención.
Y lo reconocí.
Era su antiguo adiestrador.
Recordé las sesiones en las que me pedía que me marchara.
—Trabaja mejor si tú no estás delante.
Los ejercicios de búsqueda.
Las tardes en las que se llevaba a Bambam solo.
Y aquella frase que siempre me había hecho sentir orgullosa:
—Este perro tiene un talento excepcional para encontrar personas.
Ahora sabía para qué lo había entrenado.
Yo elegía los bosques.
Yo conducía.
Yo soltaba al perro.
Y cuatro veces al año Bambam encontraba una víctima.
Sin saberlo, durante tres años había sido parte del método.
Retrocedí.
La nieve crujió bajo mi bota.
El hombre levantó la cabeza.
Me vio.
Pensé que correría hacia mí.
No lo hizo.
Sonrió.
—Cuánto tiempo.
Silbó.
Bambam levantó las orejas.
—Ven, Bambam —dije.
Mi perro dio un paso hacia mí.
El hombre hizo un gesto.
Bambam se detuvo.
Y comprendí algo terrible.
Bambam me quería.
Pero a él...
lo obedecía.
El hombre señaló el cadáver.
Después señaló a Bambam.
Finalmente me señaló a mí.
No necesitó decir nada.
Durante tres años yo había llevado al perro hasta aquellos lugares sin despertar una sola sospecha.
Hasta entonces había sido perfecta porque ignoraba la verdad.
Ahora podía seguir haciendo exactamente lo mismo.
Elegir un bosque.
Aparcar.
Soltar a Bambam.
Y no hacer preguntas.
El hombre levantó la falange entre los dedos y sonrió.
Comprendí la propuesta.
Y también la amenaza.
Miré a Bambam.
Movía la cola.
Entonces miré al hombre.
Y entendí que la próxima falange iba a ser la mía...
si no colaboraba con él.
#ElPerroQueEspera #RelatosDeTerror #HistoriasDeTerror #CuentosDeTerror #TerrorPsicologico #SuspensePsicologico #ThrillerPsicologico #AsesinoEnSerie #Misterio #TerrorBritanico #HistoriasMacabras #Solsticio #Equinoccio #FinalInesperado #PlotTwist #CuentosOscuros #SilviaMeraki
2 weeks ago |[YT] | 37
View 1 reply
Load more