La pregunta llegó sin mas, casi como quien habla por costumbre. Estábamos esperando a que salieran los niños del baño. El aire tenía esa mezcla de rutina y pausa, de conversaciones suspendidas entre el ruido de las risas de los peques y el murmullo de la vida cotidiana. Entonces me miró y preguntó:
—¿No añoras volver diez o quince años atrás?
La mayoría de las personas responden que sí. Que darían lo que fuera por volver a ser jóvenes, por corregir errores, por vivir con la ligereza de quien aún no ha sido probado por la vida. Pero mi respuesta fue inmediata.
—Ni loca.
No fue una respuesta impulsiva. Fue una certeza. Porque ahora siento algo que antes no tenía.
Libertad.
No la libertad superficial que uno imagina cuando es joven. No la ausencia de responsabilidades ni la falsa sensación de infinitas posibilidades. Es una libertad más silenciosa. Más profunda. Es la libertad de no necesitar la aprobación de nadie. La libertad de no explicarme. La libertad de no traicionarme para encajar en expectativas ajenas. Y esa libertad no apareció de la nada. Fue construida. Durante años, sin darme cuenta, trabajé dos conceptos que mi abuela nos enseñó desde pequeñas. No como teoría, sino como una forma de existir.
El honor y la honra.
En nuestra casa no existía el refugio fácil de la victimización. Recuerdo llegar siendo niña, con lágrimas en los ojos, buscando consuelo, buscando que el mundo volviera a tener sentido a través de la justicia de mi padre.
—Abue, fulanit@ me hizo esto…
Élla me escuchaba. Nunca interrumpía. Nunca invalidaba lo que sentía. Pero tampoco reforzaba la debilidad. Cuando terminaba de hablar, hacía una sola pregunta:
—¿Y tú qué le hiciste?
Esa pregunta, en aquel momento, me parecía injusta. Yo no quería responsabilidad. Quería absolución. Pero mi abuela me estaba enseñando algo que cambiaría mi vida. Me estaba enseñando que no somos únicamente lo que nos ocurre. Somos lo que hacemos con lo que nos ocurre. Que cada acción genera una respuesta. Que cada decisión construye o destruye algo dentro de nosotros. Sin saberlo, me estaba enseñando a construir mi honra.
La honra no depende de nadie más.
Es lo que tú sabes de ti mismo cuando no hay testigos. Es ese instante en el que te acuestas y cierras los ojos, y no puedes mentirte. Es la paz de saber que cumpliste. O el peso de saber que no lo hiciste. La honra no se negocia. No se compra. No se disfraza. Se construye en silencio, decisión tras decisión. El honor, en cambio, es lo que el mundo ve. Es la reputación que emerge cuando tus actos sostienen tus palabras. Es la huella que dejas en la percepción de los demás. El honor tampoco se puede comprar. Se tiene… o no se tiene. Y ambos, el honor y la honra, terminan construyendo algo más importante que cualquier reconocimiento externo:
La identidad.
Porque llega un momento en la vida en el que ya no necesitas preguntarte quién eres. Lo sabes. Lo sabes porque te has observado en la dificultad. Lo sabes porque te has visto resistir. Lo sabes porque has aprendido a cumplirte, incluso cuando nadie te exigía hacerlo. Y cuando alcanzas ese punto, algo cambia de forma irreversible. La opinión de los demás pierde su poder. No porque te vuelvas indiferente. Sino porque te vuelves sólido. Porque cuando sabes quién eres, cuando sabes hasta dónde puedes llegar, cuando sabes lo que eres capaz de sostener… lo demás deja de ser determinante. El ruido deja de definirte. La validación deja de ser necesaria. La aprobación deja de ser combustible. Y en ese momento aparece la verdadera libertad. No la libertad de hacer cualquier cosa. Sino la libertad de no traicionarte. Por eso no volvería atrás. No volvería a la edad de la duda. No volvería a la edad de la inseguridad. No volvería a la edad en la que la mirada ajena tenía más peso que mi propia conciencia. Porque la mayor conquista de una vida no es el éxito. Es la coherencia. Es poder cerrar los ojos por la noche y descansar en paz con quien eres. Eso es la honra. Eso es el honor. Y es lo único que no se puede comprar.
A veces la gente cree que la magia es quedarse esperando a que todo cambie solo. Pero la verdadera magia casi siempre empieza cuando te atreves a mover algo: una decisión, una costumbre, una distancia, una puerta que dabas por cerrada. Porque si las aguas nunca se alteran, nada nuevo llega a la orilla.
La artemisa es una de las plantas más conocidas dentro de la brujería y la magia natural. Desde hace siglos se relaciona con la intuición, los sueños, la protección espiritual y la conexión con el mundo invisible.
También está muy ligada a la Luna y a la energía femenina, por eso aparece muchísimo en rituales nocturnos, trabajos espirituales y prácticas de adivinación.
¿Cómo se usa en brujería?
La artemisa suele quemarse como sahumerio para limpiar espacios y potenciar estados intuitivos antes de meditaciones, lecturas o rituales. Muchas personas también la colocan debajo de la almohada o la usan en bolsitas de hierbas para favorecer sueños intensos o mensajes simbólicos.
En baños espirituales se utiliza para soltar cargas emocionales y aumentar sensibilidad energética.
Es una planta muy asociada a quienes trabajan con sueños, señales y percepción espiritual.
La artemisa no tiene una energía escandalosa. Su magia suele sentirse en silencio, poco a poco, como una puerta que se abre despacio.
Hace un par de días una chica de unos veintisiete o veintiocho años se acercó a hablar conmigo. Venía angustiada por un problema que, por desgracia, cada vez escucho más. Ya no es una excepción. Se está convirtiendo en una conversación habitual.
El motivo no era una infidelidad.
No era una mentira.
Eran los famosos "likes".
Me dijo:
—Le da "me gusta" a determinadas publicaciones y eso me hace sentir incómoda. Se lo dije y me respondió que soy una insegura.
En ese momento tuve un auténtico déjà vu.
Fue como volver a vivir una conversación que ya había escuchado demasiadas veces. Con amigas. Con personas de esta comunidad. Incluso conmigo misma hace algunos años.
La verdad es que estuve a punto de decirle:
—Sal de ahí.
Pero los años también te enseñan prudencia. En las relaciones de dos, el tercero siempre sobra.
Lo único que le aconsejé fue que le expresara cómo se sentía. Que no discutiera. Que no montara "un pollo". Simplemente que pusiera su malestar sobre la mesa y observara qué hacía él con esa información.
Porque escuchar también es una forma de amar.
Y, a partir de ahí, que decidiera si esa relación seguía siendo el lugar donde quería estar.
Aquella conversación me hizo recordar una etapa de mi vida.
La persona con la que yo estaba en ese momento hacía exactamente eso.
Le daba "me gusta" a "algunas amigas" cuando aparecían solas. Si estaban en bañador, también. Curiosamente, cuando esas mismas mujeres aparecían con su pareja, el interés desaparecía.
También seguía perfiles de supuestas influencers que, sinceramente, poco contenido ofrecían más allá de enseñar su cuerpo. Recuerdo especialmente una. Siempre me decía que la seguía porque subía fotografías del estadio de fútbol. La realidad era que, cada vez que entrabas en su perfil, lo que encontrabas eran fotografías en bikini.
Y yo me hacía siempre la misma pregunta.
Si eso es lo que realmente le gusta... ¿qué hago yo aquí?
Porque inevitablemente terminaba comparándome.
Y ahí empieza el verdadero problema.
No son los "likes".
Es lo que empiezan a hacer dentro de ti.
Empiezas preguntándote qué tienen esas mujeres que tú no tengas.
Empiezas a sentir que quizá no eres suficiente.
Y sin darte cuenta, vas dejando un trocito de autoestima por el camino.
Cuando decidí hablarlo, lo hice con toda la calma del mundo o al menos asi lo vivi yo.
Le expliqué cómo me hacía sentir.
Su primera respuesta fue inmediata.
—Pero tú también les das "me gusta" a hombres en calzoncillos.
Recuerdo perfectamente lo que le contesté.
Pero, sobre todo, recuerdo lo que pensé en ese mismo instante.
Me di cuenta de que ni siquiera sabía cómo utilizaba yo mis redes sociales.
Tal vez nunca las había mirado.
Por un lado podía interpretarlo como un acto de confianza. Pero, por otro, también podía ser indiferencia.
Porque estaba afirmando algo que era completamente falso.
Me estaba metiendo en el mismo saco que el resto, sin haberse tomado siquiera la molestia de comprobar si era cierto. Y ahí, algo se quebró dentro de mí. Aquello fue una señal de alerta. No porque desconfiara de mí. Sino porque comprendí que estaba respondiendo desde una idea preconcebida y no desde la realidad de la persona que tenía delante.
Volvamos al tema.... Le dije
—Revisa mi Instagram.
Revísalo entero.
Revisa mis "me gusta".
Revisa a quién sigo.
Revisa mis mensajes privados si hace falta.
De mí no vas a encontrar absolutamente nada de eso.
No sigo hombres por su físico.
No doy "me gusta" a hombres en calzoncillos.
No tengo conversaciones ambiguas con nadie.
Y cuando algún hombre ha intentado cruzar una línea conmigo, la conversación ha terminado ahí mismo.
No porque alguien me lo prohibiera.
Sino porque cuando estoy con una persona, esa persona ocupa un lugar muy importante en mi vida.
Y para mí, el respeto también consiste en eso.
Pero quiero dejar una cosa muy clara.
Yo nunca le pedí que dejara las redes sociales.
Nunca intenté cambiarlo.
Simplemente le dije:
—Si esa es tu forma natural de utilizar las redes sociales, no pasa absolutamente nada. Solo significa que tú y yo no buscamos lo mismo. Y si eso forma parte de quién eres, prefiero terminar aquí la relación antes que intentar convertirte en alguien que no eres.
Porque yo no quería cambiarlo.
Quería a alguien compatible conmigo.
Con el tiempo dejó las redes sociales durante una temporada.
Pero cuando la relación terminó volvió exactamente a los mismos hábitos.
Y ahí entendí algo que me habría gustado aprender muchos años antes.
Las personas pueden cambiar un comportamiento durante un tiempo.
Pero la naturaleza de cada uno termina apareciendo.
Por eso hoy tengo una idea muy clara.
No intentéis cambiar a nadie.
Y os voy a contar algo que terminó de confirmar esta forma de pensar.
Cuando conocí a la persona con la que comparto hoy mi vida, él tenía Instagram y Facebook. Creo que no tenía ninguna red social más. Como al principio había una distancia física entre nosotros, el tema de las redes salió de manera completamente natural.
Y recuerdo perfectamente lo que me dijo.
—Las tengo por costumbre, pero prácticamente no las uso. Y una cosa te voy a decir con total sinceridad. Hace años sí consumía ese tipo de contenido. Ya sabes cómo funcionan las redes. Una publicación te lleva a otra y el algoritmo hace el resto. Pero hace muchísimo tiempo que ni siquiera las abro.
Aquella sinceridad me desarmó.
Yo le conté mi experiencia. Le expliqué por qué ese tema era importante para mí y cómo lo había vivido.
¿Sabéis qué pasó?
Nada.
No hubo una discusión.
No hubo un ultimátum.
No hubo un "o las cierras o me voy".
A los pocos días decidió cerrarlas.
Sin que yo se lo pidiera.
Recuerdo que incluso me dijo riéndose:
—Habrá alguna que no pueda cerrar porque ni me acuerdo de la contraseña. Así que, si un día aparece por ahí, no me lo tengas en cuenta.
Y después añadió una frase que jamás olvidaré.
—YouTube no lo cierro porque es la forma que tengo de seguirte.
Puede parecer un detalle pequeño.
Para mí no lo fue.
Y quiero aclarar algo antes de que alguien lo interprete mal.
No os cuento esto para presumir de mi relación.
Os lo cuento porque durante mucho tiempo llegué a pensar que todas las personas funcionaban igual.
Y no.
No funcionan igual.
Existen personas cuya manera de entender el respeto es muy parecida a la tuya.
Existen personas para las que cuidar la tranquilidad de quien aman sale de forma completamente natural.
Y cuando encuentras a alguien así, ocurre algo maravilloso.
Dejas de invertir energía intentando cambiar a la otra persona.
Porque nunca hubo que cambiarla.
Simplemente era compatible contigo.
Ahora bien, también quiero decir algo importante. Si tú eres una persona a la que le da exactamente igual que su pareja siga determinados perfiles o dé "me gusta" a ese tipo de publicaciones, me parece perfecto. De verdad. No hay una única manera correcta de vivir una relación. Cada pareja establece sus propios acuerdos. Siempre hay un zapato para cada pie. Pero si eres de las personas que entienden el amor desde el respeto absoluto, la exclusividad y la coherencia... No intentes convencer a nadie. Busca a alguien que ya viva el amor como tú. Así que, mi gente... Sé que muchos estáis aquí porque tenéis unos principios muy claros y, precisamente por eso, también unos estándares muy altos. No rebajéis ninguno de los dos para que alguien encaje en vuestra vida. Porque quien es compatible con vosotros no os hará sentir que tenéis que negociar aquello que para vosotros es esencial. Y recordad siempre esto: Mereces recibir lo mismo que eres capaz de dar. Ni más... ni menos.
Quesadillas de la Diosa Verde En los días en los que la tierra susurra promesas de crecimiento, esta preparación se convierte en un pequeño ritual de abundancia. No es solo alimento… es intención convertida en materia. Ingredientes (para dos invocaciones): – 2 tortillas de espinacas – ½ taza de queso gouda (o similar), rallado – 1 puñado de espinacas frescas – 2 cucharadas de mantequilla – 1 aguacate Ritual de preparación: Extiende las tortillas como quien abre un portal sencillo, cotidiano. Sobre una de sus mitades, esparce el queso rallado, y encima, deposita las hojas de espinaca. Detente un instante. Visualiza campos fértiles, verdes, vivos. Imagina cómo la abundancia crece sin esfuerzo, cómo la vida se expande en todas direcciones. Siente que ese mismo crecimiento ya existe en tu camino. Dobla la tortilla sobre sí misma, sellando el contenido, como quien guarda un deseo en su interior. En una sartén caliente, derrite la mantequilla. Observa cómo se transforma… cómo pasa de sólido a líquido, recordándote que todo en la vida está en constante cambio. Coloca las quesadillas y contempla su forma: una media luna, símbolo de gestación, de lo que está por manifestarse. Tras un minuto, al voltearlas, imagina un capullo abriéndose. Lo que estaba oculto… ahora comienza a revelarse. Cocina hasta que ambos lados estén dorados, crujientes, vivos. Corta el aguacate en finas láminas y colócalas sobre las quesadillas como una ofrenda final: suavidad, nutrición, riqueza. Consagración: Al comer, no te distraigas. Siente. Visualiza. Permite que la abundancia y el crecimiento que has invocado encuentren su lugar en tu vida. Porque lo que se prepara con intención… siempre alimenta más que el cuerpo.
Luna llena en Capricornio — Saturno, Tierra, estructura y destino
Bajo una luna que no concede caprichos, sino consecuencias, la noche en Capricornio se vuelve densa, casi mineral. Saturno vigila en silencio, como un viejo contable del destino, y todo lo que nace bajo su mirada exige disciplina, propósito… y permanencia. Esa es la noche adecuada para tejer un compromiso con la materia. Un pacto. Un pequeño acto de magia que no busca fortuna efímera, sino prosperidad que resista el paso del tiempo. 🧵 El hilo de Ozark — Amuleto para bendecir un negocio Toma un hilo verde de aproximadamente 90 cm. No lo cortes sin intención: míralo primero, siente su longitud, porque en él se medirá la extensión de tu crecimiento. Reúne siete billetes que hayan pasado por tu negocio. Si no trabajas con efectivo, consigue siete billetes nuevos del banco —si es posible, de la cuenta vinculada a tu actividad—. No son simples papeles: son símbolos de intercambio, de flujo, de confianza. Enrolla cada billete desde su lado corto, formando pequeños cilindros, como si guardaran en su interior un secreto. Después, uno a uno, átalos al hilo verde con tres nudos por billete. Empieza desde el extremo izquierdo y avanza hacia la derecha, dejando espacio entre ellos. No es un detalle estético: es el espacio que permites al dinero para respirar, circular, multiplicarse. Siete billetes. Tres nudos cada uno. No más. No menos. Cuando llegues al último, corta el exceso de hilo. Cerrar también es parte del ritual. 🌿 El aliento de la abundancia Unta cada billete con una gota de aceite esencial: albahaca (prosperidad), canela (expansión), clavo (protección), lima (fluidez). Puedes usar uno… o todos. Pero hazlo con intención, no por exceso. Luego, deposita el amuleto en una planta viva. Un pequeño árbol de higo, una palma, una planta del dinero… cualquier ser vegetal que pueda sostenerlo y crecer con él. Colócala cerca de la entrada del negocio —o en tu espacio de trabajo—. Ahí donde todo comienza. Donde entra y sale el mundo. Y entonces, entiende esto: No estás colgando un talismán. Estás delegando en la vida misma la tarea de sostener tu prosperidad. ⚖️ La ley silenciosa de Saturno Cuida la planta. Riégala. Obsérvala. Respétala. Porque mientras ella viva… el amuleto permanecerá cargado. Pero si la descuidas, si muere, no será mala suerte. Será un mensaje. Saturno no castiga. Solo devuelve con exactitud lo que uno es capaz de sostener.
Silvia Meraki
LO UNICO QUE NO SE PUEDE COMPRAR
La pregunta llegó sin mas, casi como quien habla por costumbre.
Estábamos esperando a que salieran los niños del baño. El aire tenía esa mezcla de rutina y pausa, de conversaciones suspendidas entre el ruido de las risas de los peques y el murmullo de la vida cotidiana.
Entonces me miró y preguntó:
—¿No añoras volver diez o quince años atrás?
La mayoría de las personas responden que sí. Que darían lo que fuera por volver a ser jóvenes, por corregir errores, por vivir con la ligereza de quien aún no ha sido probado por la vida.
Pero mi respuesta fue inmediata.
—Ni loca.
No fue una respuesta impulsiva. Fue una certeza.
Porque ahora siento algo que antes no tenía.
Libertad.
No la libertad superficial que uno imagina cuando es joven. No la ausencia de responsabilidades ni la falsa sensación de infinitas posibilidades.
Es una libertad más silenciosa. Más profunda.
Es la libertad de no necesitar la aprobación de nadie.
La libertad de no explicarme.
La libertad de no traicionarme para encajar en expectativas ajenas.
Y esa libertad no apareció de la nada.
Fue construida.
Durante años, sin darme cuenta, trabajé dos conceptos que mi abuela nos enseñó desde pequeñas. No como teoría, sino como una forma de existir.
El honor y la honra.
En nuestra casa no existía el refugio fácil de la victimización.
Recuerdo llegar siendo niña, con lágrimas en los ojos, buscando consuelo, buscando que el mundo volviera a tener sentido a través de la justicia de mi padre.
—Abue, fulanit@ me hizo esto…
Élla me escuchaba.
Nunca interrumpía. Nunca invalidaba lo que sentía.
Pero tampoco reforzaba la debilidad.
Cuando terminaba de hablar, hacía una sola pregunta:
—¿Y tú qué le hiciste?
Esa pregunta, en aquel momento, me parecía injusta.
Yo no quería responsabilidad. Quería absolución.
Pero mi abuela me estaba enseñando algo que cambiaría mi vida.
Me estaba enseñando que no somos únicamente lo que nos ocurre. Somos lo que hacemos con lo que nos ocurre.
Que cada acción genera una respuesta.
Que cada decisión construye o destruye algo dentro de nosotros.
Sin saberlo, me estaba enseñando a construir mi honra.
La honra no depende de nadie más.
Es lo que tú sabes de ti mismo cuando no hay testigos.
Es ese instante en el que te acuestas y cierras los ojos, y no puedes mentirte.
Es la paz de saber que cumpliste.
O el peso de saber que no lo hiciste.
La honra no se negocia. No se compra. No se disfraza.
Se construye en silencio, decisión tras decisión.
El honor, en cambio, es lo que el mundo ve.
Es la reputación que emerge cuando tus actos sostienen tus palabras.
Es la huella que dejas en la percepción de los demás.
El honor tampoco se puede comprar.
Se tiene… o no se tiene.
Y ambos, el honor y la honra, terminan construyendo algo más importante que cualquier reconocimiento externo:
La identidad.
Porque llega un momento en la vida en el que ya no necesitas preguntarte quién eres.
Lo sabes.
Lo sabes porque te has observado en la dificultad.
Lo sabes porque te has visto resistir.
Lo sabes porque has aprendido a cumplirte, incluso cuando nadie te exigía hacerlo.
Y cuando alcanzas ese punto, algo cambia de forma irreversible.
La opinión de los demás pierde su poder.
No porque te vuelvas indiferente.
Sino porque te vuelves sólido.
Porque cuando sabes quién eres, cuando sabes hasta dónde puedes llegar, cuando sabes lo que eres capaz de sostener… lo demás deja de ser determinante.
El ruido deja de definirte.
La validación deja de ser necesaria.
La aprobación deja de ser combustible.
Y en ese momento aparece la verdadera libertad.
No la libertad de hacer cualquier cosa.
Sino la libertad de no traicionarte.
Por eso no volvería atrás.
No volvería a la edad de la duda.
No volvería a la edad de la inseguridad.
No volvería a la edad en la que la mirada ajena tenía más peso que mi propia conciencia.
Porque la mayor conquista de una vida no es el éxito.
Es la coherencia.
Es poder cerrar los ojos por la noche y descansar en paz con quien eres.
Eso es la honra.
Eso es el honor.
Y es lo único que no se puede comprar.
#Honor #Honra #Dignidad #Integridad #RespetoPropio #Identidad #LibertadInterior #Estoicismo #Reflexión #PsicologíaHumana #FuerzaMental #AmorPropio #Conciencia #Carácter #Disciplina #Verdad #CrecimientoPersonal #Madurez #Sabiduría #Mentalidad #ReflexionesDeVida #DesarrolloPersonal #SilviaMeraki #Estoico #FilosofíaDeVida
3 hours ago | [YT] | 10
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Silvia Meraki
Nos reconstruimos más veces de las que contamos.
#VolverAEmpezar #NuevosComienzos #Reflexiones #Vida
3 hours ago | [YT] | 8
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Silvia Meraki
A veces la gente cree que la magia es quedarse esperando a que todo cambie solo. Pero la verdadera magia casi siempre empieza cuando te atreves a mover algo: una decisión, una costumbre, una distancia, una puerta que dabas por cerrada.
Porque si las aguas nunca se alteran, nada nuevo llega a la orilla.
#Magia #Reflexión #Brujería #Espiritualidad #Energía #Cambio #Despertar #MagiaReal
3 hours ago | [YT] | 10
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Silvia Meraki
La artemisa y la intuición
La artemisa es una de las plantas más conocidas dentro de la brujería y la magia natural. Desde hace siglos se relaciona con la intuición, los sueños, la protección espiritual y la conexión con el mundo invisible.
También está muy ligada a la Luna y a la energía femenina, por eso aparece muchísimo en rituales nocturnos, trabajos espirituales y prácticas de adivinación.
¿Cómo se usa en brujería?
La artemisa suele quemarse como sahumerio para limpiar espacios y potenciar estados intuitivos antes de meditaciones, lecturas o rituales. Muchas personas también la colocan debajo de la almohada o la usan en bolsitas de hierbas para favorecer sueños intensos o mensajes simbólicos.
En baños espirituales se utiliza para soltar cargas emocionales y aumentar sensibilidad energética.
Es una planta muy asociada a quienes trabajan con sueños, señales y percepción espiritual.
La artemisa no tiene una energía escandalosa. Su magia suele sentirse en silencio, poco a poco, como una puerta que se abre despacio.
#Brujitips #Artemisa #Brujería #MagiaNatural #Esoterismo #Sueños #Intuición #Rituales #WitchTube #HierbasMágicas
3 hours ago | [YT] | 1
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Silvia Meraki
No intentes cambiar a nadie
Hace un par de días una chica de unos veintisiete o veintiocho años se acercó a hablar conmigo. Venía angustiada por un problema que, por desgracia, cada vez escucho más. Ya no es una excepción. Se está convirtiendo en una conversación habitual.
El motivo no era una infidelidad.
No era una mentira.
Eran los famosos "likes".
Me dijo:
—Le da "me gusta" a determinadas publicaciones y eso me hace sentir incómoda. Se lo dije y me respondió que soy una insegura.
En ese momento tuve un auténtico déjà vu.
Fue como volver a vivir una conversación que ya había escuchado demasiadas veces. Con amigas. Con personas de esta comunidad. Incluso conmigo misma hace algunos años.
La verdad es que estuve a punto de decirle:
—Sal de ahí.
Pero los años también te enseñan prudencia. En las relaciones de dos, el tercero siempre sobra.
Lo único que le aconsejé fue que le expresara cómo se sentía. Que no discutiera. Que no montara "un pollo". Simplemente que pusiera su malestar sobre la mesa y observara qué hacía él con esa información.
Porque escuchar también es una forma de amar.
Y, a partir de ahí, que decidiera si esa relación seguía siendo el lugar donde quería estar.
Aquella conversación me hizo recordar una etapa de mi vida.
La persona con la que yo estaba en ese momento hacía exactamente eso.
Le daba "me gusta" a "algunas amigas" cuando aparecían solas. Si estaban en bañador, también. Curiosamente, cuando esas mismas mujeres aparecían con su pareja, el interés desaparecía.
También seguía perfiles de supuestas influencers que, sinceramente, poco contenido ofrecían más allá de enseñar su cuerpo. Recuerdo especialmente una. Siempre me decía que la seguía porque subía fotografías del estadio de fútbol. La realidad era que, cada vez que entrabas en su perfil, lo que encontrabas eran fotografías en bikini.
Y yo me hacía siempre la misma pregunta.
Si eso es lo que realmente le gusta... ¿qué hago yo aquí?
Porque inevitablemente terminaba comparándome.
Y ahí empieza el verdadero problema.
No son los "likes".
Es lo que empiezan a hacer dentro de ti.
Empiezas preguntándote qué tienen esas mujeres que tú no tengas.
Empiezas a sentir que quizá no eres suficiente.
Y sin darte cuenta, vas dejando un trocito de autoestima por el camino.
Cuando decidí hablarlo, lo hice con toda la calma del mundo o al menos asi lo vivi yo.
Le expliqué cómo me hacía sentir.
Su primera respuesta fue inmediata.
—Pero tú también les das "me gusta" a hombres en calzoncillos.
Recuerdo perfectamente lo que le contesté.
Pero, sobre todo, recuerdo lo que pensé en ese mismo instante.
Me di cuenta de que ni siquiera sabía cómo utilizaba yo mis redes sociales.
Tal vez nunca las había mirado.
Por un lado podía interpretarlo como un acto de confianza.
Pero, por otro, también podía ser indiferencia.
Porque estaba afirmando algo que era completamente falso.
Me estaba metiendo en el mismo saco que el resto, sin haberse tomado siquiera la molestia de comprobar si era cierto.
Y ahí, algo se quebró dentro de mí.
Aquello fue una señal de alerta.
No porque desconfiara de mí.
Sino porque comprendí que estaba respondiendo desde una idea preconcebida y no desde la realidad de la persona que tenía delante.
Volvamos al tema....
Le dije
—Revisa mi Instagram.
Revísalo entero.
Revisa mis "me gusta".
Revisa a quién sigo.
Revisa mis mensajes privados si hace falta.
De mí no vas a encontrar absolutamente nada de eso.
No sigo hombres por su físico.
No doy "me gusta" a hombres en calzoncillos.
No tengo conversaciones ambiguas con nadie.
Y cuando algún hombre ha intentado cruzar una línea conmigo, la conversación ha terminado ahí mismo.
No porque alguien me lo prohibiera.
Sino porque cuando estoy con una persona, esa persona ocupa un lugar muy importante en mi vida.
Y para mí, el respeto también consiste en eso.
Pero quiero dejar una cosa muy clara.
Yo nunca le pedí que dejara las redes sociales.
Nunca intenté cambiarlo.
Simplemente le dije:
—Si esa es tu forma natural de utilizar las redes sociales, no pasa absolutamente nada. Solo significa que tú y yo no buscamos lo mismo. Y si eso forma parte de quién eres, prefiero terminar aquí la relación antes que intentar convertirte en alguien que no eres.
Porque yo no quería cambiarlo.
Quería a alguien compatible conmigo.
Con el tiempo dejó las redes sociales durante una temporada.
Pero cuando la relación terminó volvió exactamente a los mismos hábitos.
Y ahí entendí algo que me habría gustado aprender muchos años antes.
Las personas pueden cambiar un comportamiento durante un tiempo.
Pero la naturaleza de cada uno termina apareciendo.
Por eso hoy tengo una idea muy clara.
No intentéis cambiar a nadie.
Y os voy a contar algo que terminó de confirmar esta forma de pensar.
Cuando conocí a la persona con la que comparto hoy mi vida, él tenía Instagram y Facebook. Creo que no tenía ninguna red social más. Como al principio había una distancia física entre nosotros, el tema de las redes salió de manera completamente natural.
Y recuerdo perfectamente lo que me dijo.
—Las tengo por costumbre, pero prácticamente no las uso. Y una cosa te voy a decir con total sinceridad. Hace años sí consumía ese tipo de contenido. Ya sabes cómo funcionan las redes. Una publicación te lleva a otra y el algoritmo hace el resto. Pero hace muchísimo tiempo que ni siquiera las abro.
Aquella sinceridad me desarmó.
Yo le conté mi experiencia. Le expliqué por qué ese tema era importante para mí y cómo lo había vivido.
¿Sabéis qué pasó?
Nada.
No hubo una discusión.
No hubo un ultimátum.
No hubo un "o las cierras o me voy".
A los pocos días decidió cerrarlas.
Sin que yo se lo pidiera.
Recuerdo que incluso me dijo riéndose:
—Habrá alguna que no pueda cerrar porque ni me acuerdo de la contraseña. Así que, si un día aparece por ahí, no me lo tengas en cuenta.
Y después añadió una frase que jamás olvidaré.
—YouTube no lo cierro porque es la forma que tengo de seguirte.
Puede parecer un detalle pequeño.
Para mí no lo fue.
Y quiero aclarar algo antes de que alguien lo interprete mal.
No os cuento esto para presumir de mi relación.
Os lo cuento porque durante mucho tiempo llegué a pensar que todas las personas funcionaban igual.
Y no.
No funcionan igual.
Existen personas cuya manera de entender el respeto es muy parecida a la tuya.
Existen personas para las que cuidar la tranquilidad de quien aman sale de forma completamente natural.
Y cuando encuentras a alguien así, ocurre algo maravilloso.
Dejas de invertir energía intentando cambiar a la otra persona.
Porque nunca hubo que cambiarla.
Simplemente era compatible contigo.
Ahora bien, también quiero decir algo importante. Si tú eres una persona a la que le da exactamente igual que su pareja siga determinados perfiles o dé "me gusta" a ese tipo de publicaciones, me parece perfecto. De verdad. No hay una única manera correcta de vivir una relación. Cada pareja establece sus propios acuerdos. Siempre hay un zapato para cada pie. Pero si eres de las personas que entienden el amor desde el respeto absoluto, la exclusividad y la coherencia... No intentes convencer a nadie. Busca a alguien que ya viva el amor como tú. Así que, mi gente... Sé que muchos estáis aquí porque tenéis unos principios muy claros y, precisamente por eso, también unos estándares muy altos. No rebajéis ninguno de los dos para que alguien encaje en vuestra vida. Porque quien es compatible con vosotros no os hará sentir que tenéis que negociar aquello que para vosotros es esencial. Y recordad siempre esto: Mereces recibir lo mismo que eres capaz de dar. Ni más... ni menos.
#Reflexión #Relaciones #AmorPropio #Respeto #SilviaMeraki #CrecimientoPersonal
1 day ago | [YT] | 15
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Silvia Meraki
La vida tiene memoria.
#Reflexiones #Vida #Sabiduria #HazElBien #NaturalezaHumana #Pensamientos
1 day ago | [YT] | 18
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Silvia Meraki
Quesadillas de la Diosa Verde
En los días en los que la tierra susurra promesas de crecimiento, esta preparación se convierte en un pequeño ritual de abundancia. No es solo alimento… es intención convertida en materia.
Ingredientes (para dos invocaciones):
– 2 tortillas de espinacas
– ½ taza de queso gouda (o similar), rallado
– 1 puñado de espinacas frescas
– 2 cucharadas de mantequilla
– 1 aguacate
Ritual de preparación:
Extiende las tortillas como quien abre un portal sencillo, cotidiano. Sobre una de sus mitades, esparce el queso rallado, y encima, deposita las hojas de espinaca.
Detente un instante.
Visualiza campos fértiles, verdes, vivos.
Imagina cómo la abundancia crece sin esfuerzo, cómo la vida se expande en todas direcciones.
Siente que ese mismo crecimiento ya existe en tu camino.
Dobla la tortilla sobre sí misma, sellando el contenido, como quien guarda un deseo en su interior.
En una sartén caliente, derrite la mantequilla. Observa cómo se transforma… cómo pasa de sólido a líquido, recordándote que todo en la vida está en constante cambio.
Coloca las quesadillas y contempla su forma: una media luna, símbolo de gestación, de lo que está por manifestarse.
Tras un minuto, al voltearlas, imagina un capullo abriéndose.
Lo que estaba oculto… ahora comienza a revelarse.
Cocina hasta que ambos lados estén dorados, crujientes, vivos.
Corta el aguacate en finas láminas y colócalas sobre las quesadillas como una ofrenda final: suavidad, nutrición, riqueza.
Consagración:
Al comer, no te distraigas.
Siente.
Visualiza.
Permite que la abundancia y el crecimiento que has invocado encuentren su lugar en tu vida.
Porque lo que se prepara con intención… siempre alimenta más que el cuerpo.
#Grimorio #CocinaMagica #BrujaDeCocina #MagiaCotidiana #Abundancia #Prosperidad #Ritual #EnergiaVerde #Manifestacion #Espiritualidad #MagiaDiaria #Brujitis #Crecimiento #Intencion #AlquimiaCulinaria
1 day ago | [YT] | 12
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Silvia Meraki
La desesperación te hace mirar el reloj. La vida, en cambio, sabe perfectamente cuándo sorprenderte. ✨
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1 day ago | [YT] | 96
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Silvia Meraki
Luna llena en Capricornio — Saturno, Tierra, estructura y destino
Bajo una luna que no concede caprichos, sino consecuencias, la noche en Capricornio se vuelve densa, casi mineral. Saturno vigila en silencio, como un viejo contable del destino, y todo lo que nace bajo su mirada exige disciplina, propósito… y permanencia.
Esa es la noche adecuada para tejer un compromiso con la materia.
Un pacto.
Un pequeño acto de magia que no busca fortuna efímera, sino prosperidad que resista el paso del tiempo.
🧵 El hilo de Ozark — Amuleto para bendecir un negocio
Toma un hilo verde de aproximadamente 90 cm. No lo cortes sin intención: míralo primero, siente su longitud, porque en él se medirá la extensión de tu crecimiento.
Reúne siete billetes que hayan pasado por tu negocio.
Si no trabajas con efectivo, consigue siete billetes nuevos del banco —si es posible, de la cuenta vinculada a tu actividad—. No son simples papeles: son símbolos de intercambio, de flujo, de confianza.
Enrolla cada billete desde su lado corto, formando pequeños cilindros, como si guardaran en su interior un secreto.
Después, uno a uno, átalos al hilo verde con tres nudos por billete.
Empieza desde el extremo izquierdo y avanza hacia la derecha, dejando espacio entre ellos. No es un detalle estético: es el espacio que permites al dinero para respirar, circular, multiplicarse.
Siete billetes.
Tres nudos cada uno.
No más. No menos.
Cuando llegues al último, corta el exceso de hilo. Cerrar también es parte del ritual.
🌿 El aliento de la abundancia
Unta cada billete con una gota de aceite esencial:
albahaca (prosperidad),
canela (expansión),
clavo (protección),
lima (fluidez).
Puedes usar uno… o todos. Pero hazlo con intención, no por exceso.
Luego, deposita el amuleto en una planta viva.
Un pequeño árbol de higo, una palma, una planta del dinero… cualquier ser vegetal que pueda sostenerlo y crecer con él.
Colócala cerca de la entrada del negocio —o en tu espacio de trabajo—.
Ahí donde todo comienza. Donde entra y sale el mundo.
Y entonces, entiende esto:
No estás colgando un talismán.
Estás delegando en la vida misma la tarea de sostener tu prosperidad.
⚖️ La ley silenciosa de Saturno
Cuida la planta.
Riégala. Obsérvala. Respétala.
Porque mientras ella viva… el amuleto permanecerá cargado.
Pero si la descuidas, si muere, no será mala suerte. Será un mensaje.
Saturno no castiga.
Solo devuelve con exactitud lo que uno es capaz de sostener.
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1 day ago | [YT] | 23
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Silvia Meraki
Esta vez piensa en lo mejor que puede ocurrir
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2 days ago | [YT] | 25
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