Bienvenidos al canal de YouTube del Sacerdote Santiago Baena Jiménez, un dedicado servidor de la comunidad y un pilar de la fe católica. Nacido en Luque (Córdoba), el 5 de agosto de 1938, el padre Santiago ha dedicado su vida al servicio de la comunidad eclesial, siendo ordenado sacerdote el 28 de febrero de 1965 . En 1973 , se constituyó la Parroquia de San Rafael n Córdoba, siendo su primer párroco, un lugar donde ha guiado a numerosos feligreses en su camino espiritual y humano.
Aquí, compartiremos reflexiones y enseñanzas que reflejan su amor por Dios y su compromiso con la comunidad.
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
Las multiplicaciones
Hay palabras que nunca envejecen. Permanecen escondidas en la memoria como semillas que aguardan la lluvia para volver a germinar. Una de ellas es multiplicar.
Al pronunciarla, vuelvo a ser aquel niño que sus padres llevaron de la mano a la única escuela del pueblo. Recuerdo todavía cómo, con la sencillez propia de la gente buena, le pedían al único maestro que me enseñara pronto las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir.
Ellos apenas podían imaginar que aquellas primeras lecciones serían mucho más que un aprendizaje escolar. Eran también una preparación para comprender la vida.
Han pasado ocho décadas y, al añadir otros ocho años, descubro con gratitud que hoy, cinco de agosto, cumplo ochenta y ocho años. Son muchos los años que la Providencia Divina me ha regalado para contemplar este mundo, amarlo y servirlo.
Como sacerdote, doy gracias a Dios porque mi vocación ha consistido precisamente en anunciar el Evangelio y procurar que su Palabra continúe multiplicándose en el corazón de las personas.
Cuando abro el Evangelio, encuentro siempre una escuela en la que Cristo continúa enseñando. Entre todas sus lecciones, hay una que nunca deja de conmoverme: la multiplicación de los panes y de los peces.
Jesús no comenzó haciendo cuentas. Comenzó mirando.
Miró a la multitud y sintió compasión. Después recibió los cinco panes de cebada y los dos peces que llevaba un muchacho. Tomó aquella pequeña ofrenda, levantó los ojos al cielo, dio gracias al Padre y comenzó a repartirla.
Entonces sucedió el milagro: lo poco se convirtió en mucho porque había pasado por las manos de Dios.
Quizá ese sea el secreto de toda verdadera multiplicación. Lo que permanece únicamente en nuestras manos termina por agotarse; pero aquello que ponemos en las manos del Señor puede crecer de una manera que nunca hubiéramos imaginado.
Todavía conservo la emoción del día en que mi maestro escribió una multiplicación en la pizarra y apareció el resultado exacto. Entonces aprendí que los números obedecen a unas reglas. Hoy, después de tantos años vividos, sigo creyendo que también el corazón necesita aprender sus propias reglas para no perder el camino.
Por eso pido al Señor que conserve despierta mi mente y joven mi espíritu. Quisiera seguir multiplicando los dones recibidos, las palabras de esperanza, los gestos de misericordia y los motivos para creer.
Si los diez Mandamientos los ilumino con las tres virtudes teologales —la fe, la esperanza y la caridad—, encuentro treinta caminos posibles para orientar mi existencia. La cuenta parece sencilla; vivirla cada día no lo es tanto. Sin embargo, merece la pena intentarlo mientras Dios me conceda un nuevo amanecer.
También quisiera seguir restando todo aquello que hiere a la humanidad: la violencia, el odio, la mentira y el egoísmo.
Desearía que nunca faltaran panes para los pobres, consuelo para quienes lloran, compañía para quienes se sienten solos y esperanza para aquellos que sienten que la noche es demasiado larga.
Con frecuencia escuchamos voces que pretenden convencernos de que dos y dos ya no son cuatro, de que la verdad depende de quien la cuenta o de quien posee más fuerza para imponerla.
Entonces recuerdo nuevamente la vieja escuela de mi pueblo. Aquel maestro no solo nos enseñó a resolver operaciones; también nos enseñó a respetar la verdad. Comprendimos que un resultado correcto no depende del capricho, sino de la realidad.
Algo semejante sucede con la vida. La verdad no cambia porque alguien la niegue. La mentira nunca llegará a convertirse en verdad por mucho que se repita. Los acontecimientos poseen su propia objetividad, y nuestra obligación moral consiste en acercarnos a ellos con honestidad, sin deformarlos por interés, miedo o conveniencia.
Quizá por eso sigo creyendo que las cuatro reglas continúan siendo necesarias para vivir con sabiduría.
Hay que sumar bondad.
Hay que restar egoísmo.
Hay que dividir el pan, el tiempo y el corazón con los hermanos.
Y, sobre todo, hay que multiplicar el amor.
Esa es la única operación que nunca empobrece a quien la practica. Al contrario, cuanto más amor se entrega, más amor nace.
Así actúa Dios desde el principio de la creación.
Hoy, al cumplir ochenta y ocho años, no le pido al Señor conservar únicamente para mí todo cuanto he recibido. Le pido seguir compartiéndolo mientras Él me conceda vida.
Que cada nuevo día me encuentre sumando bondad, restando egoísmo, compartiendo el pan y multiplicando el amor.
5 days ago | [YT] | 15
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
Sorpresa impensada — El grito que salva
En las entrañas silenciosas de la sierra cordobesa, donde la soledad parece imponerse como ley natural y el tiempo transcurre al ritmo de la tierra, ocurrió un hecho que, lejos de quedar en el olvido, se transforma hoy en testimonio vivo de humanidad, providencia y compromiso.
Un joven agricultor de Luque, Eloy, se encontraba realizando sus labores cotidianas en el campo. La rutina, tan conocida como necesaria, se vio abruptamente interrumpida por el accidente: su vehículo todoterreno volcó en un paraje apartado, quedando atrapado entre hierros, inmovilizado, sin posibilidad de pedir auxilio. La escena era dramática: aislamiento, dolor y la amenaza real de un desenlace fatal.
Y entonces, lo impensado.
La presencia inesperada de un testigo, Santiago, rompió el destino que parecía sellado. Su llegada no fue planificada, ni buscada: fue, sencillamente, providencial. Ante la gravedad de la situación, actuó sin titubeos. Tomó el teléfono, pidió ayuda, movilizó recursos: ambulancia, bomberos, grúas, fuerzas de seguridad. Su voz se convirtió en puente entre la vida y el riesgo.
La respuesta fue rápida. Eloy fue rescatado y trasladado con urgencia al quirófano. Hoy, recuperado, ha vuelto a su vida en el campo, a la tierra que le vio caer y que ahora vuelve a sostenerle. Su historia no es solo la de un accidente superado, sino la de una vida salvada por la acción decidida de otro.
Pero este gesto no se queda aislado.
Paralelamente, la memoria nos conduce a otro episodio dramático en tierras cordobesas: el accidente ferroviario en la sierra de Adamuz. Una noche fría de invierno, marcada por el choque de trenes, dejó tras de sí decenas de heridos, desconcierto y dolor. Sin embargo, en medio del caos, emergió lo mejor del ser humano.
El pueblo de Adamuz respondió con una solidaridad ejemplar. Vecinos que abrieron sus puertas, ofrecieron cobijo, calor, atención. Instituciones y ciudadanos unidos en una misma dirección: salvar, cuidar, acompañar. La noche se transformó en vigilia, en entrega silenciosa, en humanidad compartida.
Así, ambos acontecimientos —el rescate en la sierra de Luque y la respuesta colectiva en Adamuz— se entrelazan en un mismo hilo narrativo: el de la esperanza que surge cuando alguien decide actuar.
El poema musical Sorpresa impensada no es solo una composición artística. Es un grito. Un llamado urgente a la conciencia. Es la voz de quien ha sido testigo y, al mismo tiempo, protagonista de la acción salvadora. Santiago, sacerdote y samaritano, encarna en su experiencia el mandato profundo de no pasar de largo ante el sufrimiento ajeno.
Su testimonio trasciende lo individual. Se convierte en reivindicación. Nos recuerda que toda persona, y también toda institución, tiene una responsabilidad ineludible: responder con prontitud, con humanidad y con compromiso cuando la vida está en peligro.
Porque hay momentos en los que no actuar también es una decisión. Y hay otros —como los aquí narrados— en los que actuar lo cambia todo.
Este capítulo es, por tanto, memoria y propuesta. Relato y exigencia. Un canto a la solidaridad concreta, a la acción inmediata, a la presencia que salva.
Que nunca falten manos que socorran, voces que alerten y corazones que respondan.
Porque, incluso en la más profunda soledad de la sierra, la esperanza puede llegar… de forma impensada.
2 months ago | [YT] | 13
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
La flor cautiva — Misterio y trascendencia en la Sierra de Luque
En el corazón de la Subbética cordobesa, cuando la primavera despierta la vida dormida entre peñascos y laderas, acontece un prodigio silencioso que solo los ojos atentos y el alma abierta logran contemplar en toda su profundidad. Es la aparición de la flor cautiva: la Peonía.
Dicen quienes la han visto brotar en la Sierra de Luque que su presencia no es casual ni efímera, sino un signo. Como gotas de sangre derramadas sobre la tierra, sus pétalos emergen con una belleza que conmueve, envuelta en un misterio que trasciende lo puramente natural. No es solo flor: es símbolo, es anuncio, es promesa.
En el Poema musical La flor cautiva, incluido en el programa de Raíces-13, el sacerdote luqueño Santiago Baena eleva esta manifestación de la naturaleza a categoría espiritual. La peonía deja de ser únicamente un elemento botánico para convertirse en lenguaje del alma, en expresión viva de lo trascendente.
Su belleza es inigualable, pero también intocable. Como si guardara en su esencia un secreto venido del paraíso terrenal, permanece respetada incluso por los animales de la sierra, que no osan perturbar su pureza. En ese detalle se encierra una enseñanza profunda: hay realidades cuya grandeza exige silencio, contemplación y reverencia.
La música que nace de este poema no se limita a ser escuchada; se experimenta. Es una elevación de los sentidos, un ascenso interior que invita al espíritu a ir más allá de lo visible. Quien se adentra en sus acordes percibe una llamada a lo eterno, a esa gloria sin final donde la belleza encuentra su plenitud.
Así, la peonía se convierte en anuncio de Resurrección. En medio de la tierra, brota como signo de vida nueva, de esperanza renovada, de victoria sobre lo efímero. Y en esa lectura simbólica, el autor nos invita a redescubrir las virtudes que sostienen el camino humano: la fe que ilumina, la esperanza que sostiene y la caridad que transforma.
Este poema no es solo una contemplación estética; es una proclamación. Es el canto agradecido de quien reconoce en su tierra natal —bella, fecunda, montañosa— la huella del Creador. Es la voz madura de quien, tras muchos años de vida, vuelve la mirada a sus raíces para exaltarlas con versos y música nacidos de lo más profundo.
La flor cautiva es, en definitiva, un homenaje. A la Sierra de Luque, a la Subbética cordobesa, a la naturaleza que habla en silencio y a la espiritualidad que se revela en lo sencillo. Un canto que invita a detenerse, a contemplar y a creer.
Porque hay flores que no solo se miran…
se escuchan, se sienten y nos conducen hacia lo eterno.
2 months ago | [YT] | 10
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
Dime, mamá
La casa era humilde, pero estaba llena. No de cosas, sino de vida. Siete hijos, un padre trabajador y una madre de fe limpia, de esa que no necesita explicaciones porque se respira en cada gesto cotidiano. En la cabecera del lecho matrimonial, como testigo silencioso de los años compartidos, colgaba un cuadro de la Virgen de la Sierra. No era un adorno más: era presencia, era refugio, era certeza.
Aquel tiempo llegó sin avisar, como llegan las pruebas más hondas. El padre enfermó. Al principio fue un malestar leve, casi ignorado entre las urgencias de la vida diaria. Pero poco a poco, la enfermedad fue tomando terreno, apagando su fuerza, debilitando su cuerpo, sembrando en la casa un silencio desconocido. Los médicos hablaban con cautela; las palabras no eran claras, pero los gestos lo decían todo. La muerte empezaba a asomar, cercana, casi tangible.
Fue entonces cuando la madre, en la intimidad de su dolor, hizo lo único que sabía hacer con absoluta certeza: creer.
Cada noche, cuando el bullicio de los hijos se apagaba y la casa quedaba en penumbra, ella se arrodillaba junto a la cama. Miraba el rostro cansado de su marido, tomaba su mano y, alzando los ojos al cuadro, hablaba con la Virgen como se habla con una madre:
—Dime, mamá… ¿te lo vas a llevar? ¿O me lo dejas un poco más?
No había fórmulas, no había discursos aprendidos. Solo una conversación sencilla, desgarrada y confiada. Una súplica nacida del amor y sostenida por la fe.
Pasaron los días, y con ellos, algo comenzó a cambiar. Primero, casi imperceptible: un poco más de color en el rostro, un leve aumento de fuerzas, una mirada que ya no estaba perdida. Después, la mejoría se hizo evidente. Contra todo pronóstico, el padre empezó a recuperarse. La enfermedad retrocedía como si una mano invisible la empujara hacia atrás.
La madre no dudó ni un instante. Sabía lo que había ocurrido.
—Nos vamos andando —dijo una mañana a sus hijos—. Todos. A dar gracias.
Y así fue.
No importaba la distancia ni el cansancio. Era una promesa, y las promesas, cuando nacen del corazón, se cumplen con los pies. Los siete hijos, junto a sus padres, emprendieron el camino hacia el Santuario de la Virgen de la Sierra. No era solo una peregrinación; era una respuesta.
El camino fue largo, pero no pesado. Había alegría en cada paso, una alegría serena, profunda, de esas que no hacen ruido pero lo llenan todo. Caminaban juntos, como familia, como comunidad, como testigos de algo que no se puede explicar del todo, pero que transforma para siempre.
Al llegar al santuario, el silencio fue distinto. No era el silencio de la preocupación, sino el de la gratitud. Se arrodillaron allí, los ocho, y la madre volvió a hablar:
—Gracias, mamá.
Nada más. No hacía falta.
Los hijos crecieron, la vida siguió su curso, y el tiempo fue dejando su huella. Hoy, solo uno permanece aún en esta tierra como testigo directo de aquel acontecimiento. Y su memoria no guarda solo un hecho extraordinario, sino una enseñanza eterna: la fe sencilla mueve lo imposible, y el amor, cuando se entrega confiado, encuentra respuesta.
Este capítulo no es solo recuerdo. Es anuncio.
Porque lo que ocurrió en aquella casa humilde sigue ocurriendo en el corazón de quienes creen.
Y porque, a veces, basta una voz susurrando en la noche:
—Dime, mamá…
2 months ago | [YT] | 14
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
Madres de superación
En el corazón del poema Madres de superación late una historia real, marcada por el dolor y sostenida por la fe. Rafalín, un hijo joven, yacía en un quirófano, sumido en un coma profundo durante un mes. El tiempo parecía detenido, y la incertidumbre envolvía cada instante.
Pero donde la medicina luchaba con sus medios, una madre no dejó de luchar con el alma.
En su angustia, elevó su voz a la Virgen —Virgen María— implorando su intercesión. No fue una súplica desesperada, sino un acto firme de fe, una entrega confiada en medio de la oscuridad.
Y la luz llegó.
Rafalín salió de aquella situación extrema. Contra todo pronóstico humano, la vida se abrió paso. Hoy, ese mismo hijo es un joven evangelizador que camina junto al sacerdote Santiago Baena Jiménez, dando testimonio en el programa Raíces-13 de lo que la fe y la esperanza pueden obrar.
Este poema no solo canta la grandeza de una madre; revela una verdad profunda: la fe y la ayuda médica no se oponen, sino que se entrelazan como palancas de superación. Donde una actúa con ciencia, la otra sostiene con sentido.
Madres de superación es, así, más que un poema musical: es memoria viva, es historia encarnada. Quiere iluminar caminos, recordar que incluso en el abismo más oscuro, no todo está perdido.
Porque el final —nunca— es la desesperación.
Ni la derrota del ser humano.
Y en ese camino, su amigo, el “cura de barrio”, Santiago, permanecerá siempre como testigo cercano, como referente humilde de un milagro que no solo devolvió la vida, sino que la transformó en misión.
2 months ago (edited) | [YT] | 27
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
Antes de ver los amasijos de hierro en los trenes de Adamuz y de escuchar, en mi interior, los gritos de auxilio de tantos viajeros, yo estaba celebrando la Eucaristía del domingo, 18 de enero, con una pequeñísima comunidad de feligreses en la Parroquia de San Rafael de Córdoba.
La homilía fue compartida, y hubo una petición que me atravesó el alma. Una joven oró diciendo: «Te pido, Señor, que seamos responsables de la vida de todo prójimo». Aquellas palabras se quedaron latiendo en mí.
Os confieso que, al regresar a casa a las 8:45, tras vivir la Eucaristía y mientras el aire se llenaba de sirenas, por momentos me sentí destrozado y anonadado. Quise volar. Quise estar allí. Quise ayudar a tanto hermano herido, atrapado y sepultado entre hierros.
Y entonces hice mía aquella oración: ser responsables. Responsables en lo pequeño y en lo grande, en cada gesto, en cada decisión, en cada paso del día. Porque el amor no es solo emoción: es cuidado. Y la paz no es un deseo: es un compromiso.
Con humildad, os presento como camino de amor y de paz —con raíces de responsabilidad— este proyecto: una pequeña luz de esperanza en medio de una noche fría, marcada por la tragedia.
Un abrazo fraterno.
Santiago
6 months ago | [YT] | 23
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Sacerdote Santiago Baena Jiménez
¡Buenos días! Que la paz de Dios llene vuestros corazones y os guíe en cada paso que deis hoy.
1 year ago | [YT] | 17
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